Primos

En estos tiempos que corren sentir que te toman por el pito del sereno está a la orden del día. Nos toman por primos. Es hora de rebelarse.

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El pito del sereno. ¿A que es como mirarse en un espejo, tía?

 

—Estoy harto de que me tomen por el puto pito del sereno.

Esta frase es mía (no obstante, puede ser reproducida por a quien buenamente le salga del coño, no tiene copyright ni nada), pero en realidad podría haber sido dicha por cualquiera. Y de hecho, la decimos con una frecuencia inusitada en estos tiempos inciertos en los que “el que no se dedica a robar estando en posición de hacerlo es tonto” (frase no dicha por mí, pero sí por dos tercios de la población española).

—¿Quién te toma por el pito del sereno?

La gente, la gente se aprovecha de uno. Porque, tía, no sabes la cantidad de sociópatas que hay por el mundo que viven a través de lo que sacan de los demás. Son multitud y encima este sistema megachuli fomenta esta actitud como positiva. ¡Ah, la picaresca española!, ese estilo de vida al que todo quisque desea acogerse con tal de no dar un palo al agua.

—¿Y por qué estás tan enfadado?

Pues es evidente, ¿no? Porque uno termina hasta el mismísimo coño de ir por la vida siendo buena gente, de buena persona, recibiendo desmanes y pisotones, cuando debería estar recibiendo agradecimientos, purpurina y arco irises.

—¿Y no será que en realidad estás enfadado contigo mismo, maricón?

Ahí le has dado. Desde luego que sí.

Cuando se aprovechan de nosotros, ocurre una cosa muy curiosa y muy bonita, más que la peli de Titanic (en la que, después de todo, Jack cabía en el tablón, por muy congelado que estuviera. Se lo podía haber llevado y haberlo utilizado luego para echarle los cubitos de hielo a los cubatas, yo qué sé. Pero tirarlo al fondo del mar no estuvo bien). Cuando nos timan, nos utilizan, nos roban, nos engañan y nos estafan, siempre hay alguien que te dice, así, por las buenas: “lo que pasa es que de bueno eres tonto”. 

O sea, que la culpa de que te estafen y te tomen por el pito del sereno no es del aprovechado, del que desde su mala fe y su cualidad hijoputesca se dedica a ir por el mundo aprovechándose de las personas. Qué va. La culpa es tuya por ser tan buena gente, por ser tonto, por no habértelas visto venir, por no haber estado más atento. Calaaaaaaaaaro que sí, mujé. Y, por supuesto, esta es la razón por la que cuando nos estafan nos avergonzamos de nosotros mismos y nos sentimos la mar de ridículos. Qué tonto soy, mari, yo tenía que haber adivinado que Feldesponcio me iba a mentir, poner los cuernos con la mitad del cuerpo de Bomberos de España y parte del extranjero, robar todos mis ahorros y comerse mis yogures favoritos a escondidas. Como pude no verlo. Sacamos el látigo y nos flagelamos, porque asumimos que el problema no es que haya más hijoputas que personas, sino que nosotros no hemos sido lo bastante avispados.

En lugar de hablar de culpas, que son malas y demonizan y hacen sentir muy pero que muy mal, vamos a hablar de responsabilidades.

La gente no va a cambiar. Es decir, esa ingente cantidad de hijos de perra aprovechados que van por ahí construyendo a base de robarle a los demás lo que tienen va a seguir existiendo, por mucho que le recemos a la Virgen de las Maricas Desgraciadas para que les vaya fatal y lo pasen taco de mal y Mariah Carey se los coma y no los vomite jamás. No, no tienen un trauma infantil que les impide ser buenas personas y si nos portamos bien con ellos y les damor calor y los mecemos en nuestras rodillas van a redescubrir las buenas personas que llevan dentro y van a cambiar. Qué va. Y aunque así fuera, esa no es tarea nuestra. Cada uno que se ocupe de sus propias mierdas, tía. Así que lo que vamos a hacer nosotros es responsabilizarnos de esta situación en lo que concierne a nosotros. ¿Qué podemos hacer nosotros para que no nos tomen por imbéciles? No, la respuesta no es volvernos unos hijos de puta como ellos, ponernos a su nivel y transformarnos en unos seres despreciables y desconfiados. No, tía, seamos coherentes, no podemos convertirnos en aquello que criticamos, qué clase de maricones de provecho seríamos. La solución no es ser parte del infierno: tenemos que seguir siendo buenas personas. Lo que tenemos que hacer, básicamente, es dejar de sentirnos primos y culpables de la situación de engaño, detener nuestro lamento, tomar una actitud proactiva y llamar al primo de Zumosol. Si quieres que una situación cambie, no hay nada como actuar de forma diferente a como lo estabas haciendo.

Yo sé lo que muchos de mis queridos lectoras han pensado al ver al primo (cuánto más primo más me arrimo), a pesar de ese aire vintage que le confiere la visualización desactualizada de este anuncio (que puede tener perfectamente más de veinte años). Pues bien, ese primo fuertote y justiciero dispuesto a enfrentarse  a los abusones y aprovechados del Reino Mariquitoide se encuentra dentro de todos nosotros y lo único que debemos hacer es llamarlo de vez en cuando, en esos instantes en los que un chispazo de lucidez nos comunica: “cariño, deja de hacer el memo, que este tipo se está quedando contigo”. No llores, no te fustigues, no reces a San Palomo Cojo, no te masturbes compulsivamente y con los ojos vueltos para olvidarlo y no te sientas una lerda sin remedio de la que se aprovecharán siempre. Sólo llama a tu primo y posiciónate.

Tu primo te enseñará que no es preciso estar disponible para la gente 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año, que decir NO es necesario en muchas ocasiones, que mirar por ti no te convierte en mala persona ni te hace ser egoísta (aunque, naturalmente, los aprovechados te dirán que sí para manipularte), que uno tiene que hacer favores a los demás siempre y cuando esos demás hagan por merecérselos, que lo de “dar sin esperar nada a cambio” está muy bien para Santa Teresa de Calcuta pero que tú ya te has comido pollas de sobra para no llegar a ser santa (ni quieres ni falta que te hace) y que trabajar gratis es de pringados, por mucho que se use la excusa de “fíjate lo que estás aprendiendo”. Tu primo te mostrará el camino de las relaciones sanas, equilibradas y simétricas en las que los individuos se sitúan al mismo nivel y llevan a cabo el “hoy por ti, mañana por mí” sin abusar de la disponibilidad, del tiempo y del trabajo de los demás. Tu primo te hará comprender que aquellos que te utilizan no te quieren y, por tanto, pararles los pies, ponerles límites y sacarlos de tu vida te hará sentir chupiguay.

Tu primo, además, fíjate si es majo, te ayudará a entender que las riendas de tu vida son tuyas y de nadie más, que tú decides lo que haces con tu tiempo y con tu esfuerzo y que no estás obligado a complacer a nadie; que lo más importante es que hagas lo que a ti te apetezca en todo momento (a veces te apetecerá hacer algo por alguien y a veces no, y eso no te convierte en alguien malo y pérfido) y que no es preciso hacer burbujas con el coño por los demás para que nos quieran. La gente que nos quiere bien no nos va a exigir que nos sacrifiquemos ni va a abusar de nuestra buena voluntad. La gente que nos quiere por lo que somos y significamos para ella, no por la cantidad de favores que les hacemos ni por la cantidad de horas al día que dedicamos a ser sus felpudos.

“Como llame a mi primo te vas a enterar” hay que decirlo más. Dejemos de ser los primos a los que estafan y llamemos al primo de Zumosol. Ya está bien.

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“Esto me jode” hay que decirlo más

La charla sobre senitmientos, esa gran desconocida.

La charla sobre sentimientos, esa gran desconocida.

El otro día, sujetando un gintonic vaso de agua del grifo, le decía yo a una maravillosa amiga mía que los seres humanos, esa panda de lerdos entre los cuales, por desgracia, se encuentran Toni Cantó, Bertín Osborne o mi ex, cometemos un error de base muy a menudo. Este error no es otro que el pretender que los demás adivinen nuestras emociones y pensamientos. Sí, sí, sí. Admitámoslo: cantidad de veces creemos firmemente que nuestros amigos, familiares, novietes (que hay gente que tiene tres o cuatro a la vez) y en general cualquiera que se relacione con nosotros debe contar con una bola de cristal en la que visualizar nuestro estado anímico y emocional. Como la Pitonisa Lola pero sin parecer una zumbada y sin velas negras.

Ocurre una cosa: normalmente, cuando tenemos algo clarísimo, tendemos a pensar que el resto de las personas deben tenerlo igual de claro. Es como si dijéramos “la Tierra es ovalada y achatada por los polos”, es algo que todo el mundo sabe, o “Marco se ha marchado para no volver, el tren de la mañana llega ya sin él”. Son cosas que se saben, simplemente, y nos parece un crimen del tamaño de Murcia que haya alguien en el mundo que no lo sepa. “Pero cómo no va a saber que Marco se ha marchado para no volver, es que eso es de cajón, se aprende en primero de Laurapausinología” (que es una asignatura que todos los gays nacidos hacia 1980 dimos obligatoriamente. No veas la cara de lerda que se nos ponía encerradas en nuestra habitación con el cassette -que no el casquete- de la Pausini entre las manos). No te imaginas lo que nos metíamos en el papel cantando “Amores extraños”, porque en aquellos tiempos el amor entre dos hombres nos parecía un amor extraño y de raritos y seres inadaptados socialmente. Ahora sencillamente nos parece una cosa rarísima con menor probabilidad de que ocurra que te toque el Gordo de la lotería.

Y es que en innumerables ocasiones las personas que nos rodean hacen cosas que nos sientan fatal, como una patada, y en lugar de hablar y manifestar claramente cómo nos sentimos (esto es, “tú, perra, que me has hecho pupa y ahora el Niño Jesús está llorando por tu culpa y has hecho sufrir a tres gatitos”) nos callamos y asumimos que esa persona ha debido darse cuenta perfectamente de lo que nos ha hecho. Por supuesto, no me estoy refiriendo a cosas evidentemente graves: o sea, si tu amiga se ha follado a tu novio en tu cama con tu picardías favorito, creo que queda más que claro que te ha hecho una putada enorme y que ella lo sabe. Aunque todavía hay mucha gente que utiliza excusas tan elaboradas y megachulis como “uy, pues no me había dado ni cuenta de que tu novio me estaba metiendo la polla en la boca. Yo pensaba que estaba chupando un pirulo tropical. Por cierto, es que sabe igual, ahora me explico por qué te pasas el día enganchada…”. Naturalmente, nos referimos a esos pequeños roces o experiencias que no quedan tan claras ni son tan explícitas y que se mueven en la zona de los posibles malentendidos, como “me dijo que me iba a llamar y no me llamó”, “le presté mi braga faja de cuello vuelto y aún no me lo ha devuelto” o “íbamos a comer limones con sal y a última hora me dejó tirada”.

La verdad es que en estos casos tenemos tan claro que nos han hecho un feo que pensamos que la otra persona debe tenerlo igual de claro y, en consecuencia, debería hablar con nosotros o pedirnos disculpas. Y ocurre, con una frecuencia espantosa, que la gente no sólo no te pide disculpas, sino que además ni se ha coscado de lo que te han hecho, bien porque piensan que no es tan grave, bien porque son un pelín torpes, bien porque en ese momento estaban pensando en masturbarse con un dildo de diamantes engarzados y no prestaron la atención suficiente a lo que estaban haciendo o diciendo. Y entonces nos cabreamos más todavía, porque parece que pasan de nosotros, que les importamos una mierda, y nos sentimos utilizados. “Será zorra, la tía, que ni siquiera toma en cuenta mis sentimientos, que ni se plantea cómo me siento… Cómo no se va a dar cuenta, con lo que me ha hecho. Lo que pasa es que le da igual…”.

Yo ya lo he dicho muchas veces, que las personas adolecemos de una grave falta de comunicación: hablamos de cantidad de cosas que no sirven para nada y omitimos lo más importante, lo más relevante, lo fundamental. Necesitamos decir lo que pensamos y lo que sentimos con mayor asiduidad. Por evidente que nos parezca el sentido de una situación en la que hemos salido escaldados, tenemos que tomar las riendas y expresar más frecuentemente cómo nos sentimos y por qué nos ha molestado lo que ha ocurrido. Si hace falta que te sientes con tu amiga y le digas a las claras que te ha sentado fatal que te haya dejado en la estacada aquel día que íbais a comer limones, pues se lo dices. Sobre todo porque es esto y no otra cosa lo que va a solucionar la situación, lo que va a poner las cartas bocarriba y lo que va a provocar que se mantenga una charla entre dos adultos que puede llegar a solucionar algo y que, pase lo que pase, hará que te sientas mejor. Porque si te lo guardas y cada vez que veas a tu amiga finges que no pasa nada, sonríes tanto que te duelen los pómulos pero interiormente te acuerdas de su madre, de su padre y de hasta su prima-nieta (o lo que sea), es probable que esa rabia eclosione en tu interior y luego te duela mucho el ojete. No hay que tener miedo de crear una situación de intercambio de sentimientos.

Y conste que yo esto lo digo por experiencia (si yo os lo cuento por vuestro bien, porque a mí el ojete ya me ha dolido mucho muchas veces). Que yo soy el primero que se debe aplicar el cuento. “Esto me jode” hay que decirlo más. Sobre todo porque debemos aprender que no pasa nada por decirlo y que eso hará que nuestras relaciones con las personas de carne y hueso (nuestras relaciones con los seres de goma ya las trataremos en otro momento) sean más honestas, más sinceras y mejores en cualquier sentido.

La comunicación hace milagros, tía.