Todo, todo y todo

Mucha gente identifica el amor como entregarse al otro totalmente hasta casi perder su identidad. Si tú me dices ven, ¿lo dejo todo?

Maricón, hay que ver el laberinto en el te has metido...

Maricón, hay que ver el laberinto en el que te has metido…

El otro día estaba sobre una tarima semidesnudo y cubierto de purpurina rozándome con otros hombres (porque esto es lo que hacemos los maricones para relacionarnos entre nosotros, nada de sentarnos a tomar café y conversar) y entonces empezamos a hablar de amor. Sí, tía, amor. Es el tema favorito de todos los tiempos. Bueno, de este no, el tema de este tiempo es la crisis y Aznar. Total, que uno de los mariquitusos implicados en la conversación dijo que tenía muy mala suerte con los hombres, que todos le salían rana, que le iba fatal porque al final siempre le hacían pupa:

—Es que siempre que conozco a alguien me entrego y lo doy todo. Por el último lo dejé todo: mi trabajo, mis amigos, la ciudad en la que nací y crecí, mis clases de violín, mis estudios de Derecho y hasta de depilarme las cejas. Lo dejé todo por él. Y él me engañó y me abandonó.

Entonces me di cuenta de una cosa (es que servidor, aquí donde se me ve con esta cara de pánfilo redomado, es primo hermano de Jessica Fletcher): hay que darlo todo por amor. Pero toro, toro y toro. Vamos que tú conoces a alguien que medio te apañe y ya te pones ahí, a dar todo. ¡Hala!, ancha es Castilla; tómalo, tómalo, tuyo es, mío no. Nos han enseñado que por amor uno hasta deja de ponerse bragas limpias los domingos si es preciso. ¡Venga! ¡Hala!

De verdad que yo iba a responderle a ese muchacho: mira, majo, que no digo yo que no tengas más mala suerte que la modista de Lady Gaga, que ya es faena encontrar a tu novio por el que lo has dejado todo, montándose una conga con dos brasileños, un italiano, uno de Cuenca y un pastor alemán mirando; pero que, a lo mejor, se me ocurre así como de repente, cuando conozcas a un chico de estos que hay por ahí y que llenan los bares de ambiente, en vez de dejarlo todo porque te han prometido ponerte un piso en Alicante (que es una cosa así que se promete mucho justo después de eyacular, cuando la tienen todavía morcillona), deberías ser un poco menos extremo y simplemente invitarlo a un menú Big Mac. Así, en plan tranquilicos. Chupipaja incluida en el McAuto si quieres.

Y, claro, yo, aunque no lo parezca, tengo sentido común (no mucho, tampoco te creas, lo justo pa’ llegar a fin de mes) y me dije: tate, Carlitos, no seas idiota, que bastante impopular eres ya entre los gayers y cállate, que en boca cerrada no entran moscas, pero entran pollas como roscas. Así que movido por mi sentido común me callé porque supe que si decía en voz alta algo así el resto de los participantes de la conversación me mirarían horrorizados y ultrajados, como si hubiera violado a sus ositos de peluche en un campo de heno o como si hubiera profanado el nombre de Madonna usando la portada del Ray of Light de posavasos. Me tacharían de cínico y de descreído y me dirían que son las personas como yo las que corrompemos el mundo con nuestras ideas de amor sin dependencias.

Porque sí, porque la gente acepta como algo indiscutible que el amor es así. Y no solo lo dan todo, sino que lo piden todo, papi, lo piden todo, papi, piden fly, piden party, piden una sabrosura. Y, claro, nunca están satisfechos.

Darlo todo es un error. Ni por amor, ni por placer, ni por gula, ni por sueño, ni por un papel en una película de las Spice Girls. Aunque a veces se nos pase esto, el amor no lo es todo. Tener pareja no es lo más importante del mundo. Que sí, que el hecho de que te líes con un tío que te ponga dos cuernos como dos torres eifeles está muy feo y menudo cabrón, pero que el hecho de que tú hayas apartado todo eso que constituía tu vida no ayuda a la situación. Hala, como ya tengo alguien que me caliente la cama, lo mando todo a la mierda: trabajo, familia, amigos, aficiones, carreras… Sólo porque un día un maricón te dijo “te quiero mucho como la trucha al trucho”. Que sí, que cuando uno se echa novio hay que renunciar a ciertas cosas (como zorrear hasta con el quiosquero), pero que de ahí a borrar toda la vida que mantenías con anterioridad hay un salto muy grande. Darlo todo es insano y hasta antinatural. Y un sufrimiento y un sacrificio innecesarios dignos de una canción de Malú.

Entre otras cosas porque la persona que te quiere de verdad no te va a pedir ni a exigir que lo des todo, más bien al contrario. Al enamorarse de ti se habrá enamorado de todas esas dimensiones que componen tu vida y te querrá así: con tus amigos, tus historias, tu gimnasio dos veces por semana, tu hora a la semana para aprender a tocar la flauta travesera, tus discos de Gloria Estefan y tus esfuerzos (frustrados hasta ahora) por sacarte la carrera de trapecista. No hace falta que dejes todo eso. Se puede tener novio y tener vida propia, de verdad, haciendo un montón de cosas y relacionándote con un montón de personas reales, de carne y huevo. Os lo juro por mi ojete.

Por supuesto, muchos dirán: pero es que si no lo das todo por amor, no es amor. ¿Ah, no? ¿Y entonces qué es? ¿Un bocadillo de mortadela con aceitunas? ¿Una mancha en los pantis con la forma de la gaviota del PP? ¿Un surtidor de pollas en vinagre en medio de la plaza del pueblo? No entiendo, no comprendo. O sea, que si yo quiero a mi novio y él a mí y aparte de eso tenemos una vida gracias a la cual no todo gira alrededor de nuestros pitos, ¿eso es que lo nuestro no es amor?

En fin, yo también he pasado por eso de creer que para querer a alguien es necesario que te exprimas y des hasta la última gota y hace mucho tiempo que aprendí que no puedo ser el hombre de la vida de nadie porque ya lo soy de la mía.

Y desde entonces quiero y me quieren de una manera mucho más sana.