Los artistas también comen

Los escritores, diseñadores, cantantes, fotógrafos, etcétera tenemos un problema: la gente se cree que vivimos del aire y por eso cuando solicitan nuestros servicios pretenden que trabajemos gratis. ¡GRATIS! Y yo que por más que me miro al espejo no me veo el cartel de ONG clavado en la frente…

La ropa de los artistas no debería llevar bolsillos, porque, total, pa' qué.

La ropa de los artistas no debería llevar bolsillos, porque, total, pa’ qué.

El otro día una amiga me decía:

—Estoy hasta el coño de que me ofrezcan trabajos por los que no se cobra. El otro día me ofrecieron actuar en una boda y cuando pregunté cuánto estaban dispuestos a pagarme me dijeron que nada.

—¿Nada?

—Cero, nada, ni un mojón pinchado en un palo. Es que no me invitaban ni a cenar. Ni a mojar una nube en la fuente de chocolate.

Cabe destacar que mi amiga es cantante. Entre otras muchas cosas, claro. Porque a la vista de su comentario vemos que si tuviera que vivir de su voz iba lista. Y no es que no sea estupenda y no cante como los ángeles, qué va. El problema no es ese, es otro muy diferente.

Esto a mí me suena mucho. El otro día, sin ir más lejos, me ofrecieron trabajar para un periódico sin ver un duro. “Es que como escribes tan bien hemos pensado en ti”. Que te lo cuentan para hacerte sentir importante y darte coba, claro, pero ya me contarás tú de qué me sirve que penséis en mí. Muy halagador, ya, pero en pagarme por lo que escribo no, en eso no habéis pensado, ¿verdad, guapis? Y es que, por lo visto, en algún momento de la Historia un meteorito chocó contra Groenlandia y el movimiento desplazó las neuronas de la mitad de la población mundial hasta el punto de que hay un enorme conjunto de individuos que se piensa que los que nos dedicamos a algo que tenga que ver mínimamente con la creación, el arte o el espectáculo tenemos que hacer las cosas por el morro. Gratis total.

—Es que me dijeron que, total, que para tres o cuatro canciones… Que eso lo hacía yo en un momento, que eso no era nada…

—Caalaaaaro, tía. Porque eso no te cuesta a ti ningún trabajo, ¿verdad?

Porque, y esto es lo grave, este tipo de cosas se valoran tan poco que el personal te lo pinta como si tú no tuvieras que currártelo en absoluto, como si no supusiera ningún tipo de esfuerzo ni trabajo por tu parte. Es como si te abrieras de piernas y te salieran dulces de leche del coño, así, sin comerlo ni beberlo, como por la gracia de Dior. ¿Cantar? Pero si eso no es nada. ¿Diseñar un logo? Eso lo hace mi primo con el Word, tampoco es para tanto. ¿Escribir? Eso sale solo, en tres ratos. La gente no entiende (o no quiere entender porque no le conviene) que los que creamos de alguna manera también tenemos que hacer un esfuerzo por que nos salgan las cosas chachi pirulis. Porque si mi amiga no se hubiera preparado las tres o cuatro canciones esas de las que se habla como si fueran cualquier cosa y se hubiera presentado en la boda desafinando más que Raquel del Rosario en el Festival de Eurovisión, todos se habrían echado las manos a la cabeza y habrían dicho que, hay que ver, qué poca profesionalidad, qué poca vergüenza y que para eso mejor que no hubiera cantado. Y si yo presento un reportaje que es un churro, pues no molaría nada, ¿a que no? Es decir, que la peña no solo busca que hagas las cosas gratis, sino que además las hagas de puta madre. Y eso, evidentemente, requiere de un esfuerzo. Pero total, qué te cuesta a ti eso, pero si eso no es nada, mujé

—¿A qué no sabes cómo trató de convencerme?

—Ilumíname, corazón.

—Me dijo que así me promocionaba. Que ese era mi pago.

Esto, ESTO, es lo más guay de todo. Oye, mira, qué te iba a decir yo… Vete tú al Mercadona y le dices que te vas a llevar un carrito lleno sin pagar, que el pago que obtiene Mercadona es que así se promociona entre tus amigos y conocidos, ya verás el dedo índice tan largo y tan bonito que te saca la cajera y la patada en el culo tan promocional que te dan. Oye, una estupendez. O vete a tu peluquera de confianza y le dices que no le pagas el peinado, que así se promociona. ¿A que no, a que no cuela? ¿Por qué cojones tendría que colar con nosotros? Pero lo mejor es que estas personas todavía tienen la poca vergüenza de venderte el asunto como que te están dando una oportunidad de la hostia. Hay que ver, maricón, que yo te estoy ofreciendo que trabajes gratis para mí a cambio de nada y tú me rechazas. Qué fuerte, qué paranormal es todo.

Y lo peor es que esto se está extendiendo a prácticamente todo. Últimamente, la gente no deja de contarme historias sobre ofertas de empleo que, finalmente, se revelan como puestos en los que no se cobra. Así de duro. Quiero que curres para mi empresa, pero como estamos en crisis, pues ya si eso no te pago, ¿sabes? ¡Pero si es muy guay! ¡Todo el mundo debería trabajar sin ver un duro! Pero, eso sí, esa persona sí que se beneficia y si en algún momento hay dinero de por medio es en su bolsillo.

Vamos a ver, que yo lo entiendo, que la cosa está muy mala, y que la gente quiere ahorrarse hasta el último céntimo con la excusa de que hay crisis y todo eso. Pero que si quieres sacar adelante un periódico, tendrás que pagarle a tus colaboradores y periodistas. Y si quieres que alguien cante en tu boda tendrás que darle dinero por el servicio que te está prestando. Y si quieres que alguien te diseñe una página web, tendrás que poner pasta. Y si no puedes pagar a otras personas por su trabajo porque no tienes dinero, pues te aguantas y te lo guisas y te lo comes tú solito. Porque, mira, criatura, a mí me encantaría viajar a Nueva York, pero como no tengo dinero para pagármelo me voy a Carratraca de excursión y no me presento en Iberia pidiendo un billete por la patilla porque, total, a ellos que les cuesta, si eso lo hacen en un momento y así se promocionan.

Aun así, el problema es de los que cedemos y no nos damos a valer. Con eso juegan estos tipos, con que no seamos capaces de reconocer el valor de lo que hacemos. Por eso, salvo favores personales a amigos cercanos y familiares, a partir de ahora no muevo un dedo si no hay dinero de por medio. Así soy yo, tengo la mala costumbre de comer todos los días y hasta varias veces. Y si quiero trabajar gratis, hay mogollón de causas benéficas por ahí. Porque, como comprenderás, si hay que dar el callo por la patilla, por lo menos que sea para ayudar a los que de verdad lo necesitan.

¿He sido yo?

Gente que la caga o te hace una putada y que encima te hace sentir culpable y te dice que eres muy malo por enfadarte con ellos. “Hay que ver cómo te pones; si total, sólo te he puesto los cuernos con tu mejor amigo… Mira que eres intransigente”. Claro que sí, mujé.

 

La cara que se te queda cuando además de hacerte la putada te culpan por enfadarte.

La cara que se te queda cuando además de hacerte la putada te culpan por enfadarte.

Hola, niños y niñas (marichachis, bolliguays y otros seres derivados). Soy Coco y ésta es mi Jaca Paca. Esta semana hemos venido de Barrio Sésamo y le hemos dado una patada en el ojete a Carlitos, el autor de este blog. Yo tenía muchas ganas de venir aquí con objeto de hacer vuestra vida mejor. Os iba a enseñar aquello del “dentro” y “fuera”, pero me da a mí que estáis muy avanzados en el metesaca (pervertidos, guarros, eso es lo que sois). Así que me he propuesto velar por vuestra integridad mental. Chiquitines y chiquitinas, el mundo es un lugar extraño y sórdido en el que Andy y Lucas venden mogollón de discos, Amaia Montero se exfolia la cara con panceta (de ahí los brillos) y entes como Rouco Varela respiran e incluso son sacados a la calle a pasear sin bozal ni nada. Es una cosa terrible y apocalíptica: necesitáis mi protección.

Lo que vamos a contaros es algo de lo más básico, como de primer día de clase de parvulitos. Antes de que nos enseñaran a leer las vocales (para terminar a los taitantos leyendo libros de maricones como éste) y a usar los plastidecor buenos, los putos niños ya teníamos una cosa muy clara. No, esa cosa no consistía en saber quién era el sarasa de la clase (no hay aula que se precie que no tenga uno, bien amanerado, para atormentarlo y eso). Esa cosa era que todo acto tiene consecuencias. Y lo aprendimos muy bien porque cuando nos portábamos mal nos castigaban. Cuando no llevábamos los deberes hechos nos ponían un negativo, que era un palito taco de chungo junto a nuestro nombre que daba muy mal rollo. Y si nos poníamos en plan coñazo nuestros papis se enfadaban con nosotros. A veces poníamos caras de inocentes pero al final nos la cargábamos. Es ley de vida: causa-efecto.

Por ejemplo, comer mucho durante un tiempo prolongado hace que te pongas gordo como un zollo y que necesites tanto photoshop como Mariah Carey. Si te pones a dar vueltas mirando a la lámpara y con los brazos extendidos en medio del salón, te mareas y vomitas (quien quiera que lo compruebe, ¿eh? Si eres mi ex, tienes que probarlo obligatoriamente). Si escuchas muchas veces un disco de Álex Ubago llorarás mucho y querrás cortarte las venas con una cucharilla oxidada. Si le metes la lengua a un tío superhetero, lo más probable es que te rechace o, en su defecto, que te parta la boca y te ponga las muelas del juicio en el cerebelo.

Pues esto, que como veis es hipercomplicado y no apto para seres de cociente intelectual inferior al de Stephen Hawking, se aplica también a la vida diaria en general y, en concreto, a las relaciones personales. Ya sabes, esas que tenemos con otras personas. ¿Cómo? ¿No sabíais que en el mundo había más gente aparte de vosotros y que no sois los protagonistas de una serie en la que todo gira en torno a la pelusilla de vuestro ombligo? Claro, con razón. Pues bueno, resulta que cuando te haces mayor y maduras (eso que hacen las frutas, pero en personas), tienes relaciones con tus semejantes y lo que tú haces afecta a esas personas. Si eres bueno, la gente te quiere. Si eres un capullo, la gente pasa de ti. Si eres un plasta, la gente te aguanta lo justo. Si invitas a cañas, te llaman seguro. Esas cosas.

Por ejemplo, si le pongo los cuernos a mi novio y me pilla con las manos en la masa o si le hago una putada a mi amigo lo más lógico, la consecuencia más elemental, es que se enfaden conmigo. ¿Verdad? ¿Verdad? ¿VERDAD? Pues no, porque al parecer hay mucha gente pululando por el mundo que piensa que cuando hacen algo malo se les tiene que pasar la mano y no tiene por qué haber consecuencias. Resulta que hoy en día lo de tener 20, 30, 40 o 50 años y las partes bajas más negras que el sobaco de un grillo no es indicativo de madurez emocional y el personal sufre del típico complejo del niño mimado, según el cual ellos hacen lo que les viene en gana y esperan que el resto de los individuos de su entorno simplemente se lo consientan sin más, sin pedirles explicaciones o sin exigirles que apechuguen con las consecuencias de lo que han hecho. Ellos hacen y deshacen a su antojo y a continuación escurren el bulto.

Por eso, muchas veces viene tu novio o un amiguete después de haberte hecho una putada, de habértela dado con queso o de haberla liado parda y pretenden actuar como si no hubiera pasado nada. Con un simple “perdona” creen que lo arreglan todo y que ya están en todo su derecho de exigirte la absolución plena. Y si por un casual tú los miras con una gota de sudor de cinco litros colgando de la sien izquierda y pidiendo explicaciones con cara de bulldog (lo lógico de cuando te tocan las pelotas, vamos), ellos responden que joder, que hay que ver cómo te pasas, que tampoco es para tanto, que estás sobreactuando, que eres demasiado intransigente, que te lo tomas todo demasiado a pecho, que eres un dramático… Total, tío, si tampoco es para ponerse así, no es para enfadarse… Ya sé que te he puesto los cuernos, cari, pero qué son unos cuernos hoy en día, si los pone todo el mundo… y además a ti te quedan muy bien, te favorecen un montón y te hacen juego con la cara de gilipollas… O rollo yo no me merezco que me dejes de hablar y que pases de mí. Qué pena de mí, que lo estoy pasando fatal, tía, y tú ahí superduro conmigo, sin hablarme, y todo porque te drogué, te quité un riñón y lo vendí en el mercado negro para comprarme unas entradas para el concierto de Mónica Naranjo… ¡Entiéndelo, es Mónica Naranjo!

Hasta es probable que el personaje que te haya hecho la putada se te ponga a llorar porque, por si no te habías dado cuenta, la víctima de la situación no eres tú, sino él. O, al menos, eso quiere hacerte creer y por eso pone cara de cordero degollado, de “¿he sido yo? ¿Cómo voy a ser yo, con lo que te quiero y lo bueno que soy?”, como los niños que son muy listos y que manipulan a sus padres para que se sientan unos malvados y no los castiguen. Para que nos entendamos: yo te hago la putada y tú te enfadas conmigo y el malo de la película eres tú por enfadarte, no yo por comportarme como un animal de bellota. Tócate los huevos, Mariloli. Hasta la Jaca Paca se ha quedado cariacontecida con la poca vergüenza que hay que tener para actuar así (imaginaos a una jaca cariacontecida, es muy duro).

Total, que seres de este tipo los hay a mogollón; reciben el nombre demanipuladores e intentan eludir su responsabilidad. Pero que no os engañen: las acciones tienen consecuencias y si te tocan los cojones lo menos que puedes hacer es reaccionar y mandar a la mierda al que te los toque. Y si no, que el tipo se hubiera metido las manos en los bolsillos, que somos todos ya muy grandecitos para saber lo que nos hacemos y lo que vamos haciéndoles a otros por ahí.

Madurar y comportarse como un adulto es gratis. Por hacer daño a los demás, en cambio, hay que pagar un precio.