Open your eyes, you can fly

Vivir es como bordear un precipicio constantemente. En ocasiones puede provocar un vértigo atroz. Es posible que un vacío intenso se te instale en el estómago, decidido a acampar indefinidamente. Es probable que una piedra muy pesada elija tu pecho como morada. Es lo normal.

No hay situaciones perfectas. Es hora de que lo asumamos. No es que no debamos buscarlas, todo lo contrario. Los tiempos en los que vivimos nos conducen al desaliento más terrorífico: nos animan a la abulia, al conformismo. Nos llenan el cuerpo de miedos, múltiples, difusos, imposibles de identificar claramente; y no hay nada más aterrador que lo indefinido. Por eso nos hallamos enquistados en una espesa nube de desesperación y ansiedad. Nunca es un buen momento para cambiar, nunca es un buen instante para buscar.

No existen las oportunidades sin riesgo: ¿es que no te das cuenta?

El precipicio siempre estará ahí. Se puede llevar una vida plagada de miedos, ignorándolos cómodamente, cerrando los ojos, disimulando, experimentando las bondades de un decorado prácticamente inventado en el cual desterrar todo aquello que nos enfrenta con la verdad. Porque la verdad, la real, la que vale, da mucho miedo. Este tipo de existencia indolente e intrascendente es posible, hay quienes logran convencerse a sí mismos de que ese estar sin estar en el mundo es lo que siempre han deseado. Y simulan ser felices.

Pero también se pueden superar los miedos. Superarlos no consiste en eliminarlos, qué va; se trata únicamente de impedir que nos paralicen en medio de la nada. Consiste en tomarse un cafecito con los monstruos que nos habitan en el salón de casa. O un gintonic. Hacer migas con ellos para llegar a acuerdos y establecer poderosas alianzas y treguas.

Tiene que haber algo mejor. Debe haber algo mejor. La cuestión es decidirse a saltar.  ¿Qué es lo peor que puede pasar? El precipicio es metafórico. Y en la mayoría de las ocasiones, cuando uno se asoma, descubre que después de todo el abismo no es tan profundo ni la posible caída tan mortal.

La vida, la real, la que vale, es riesgo. Y caerse un buen montón de veces aprendiendo a volar.

Y tener el coraje de ser libre.

Lucidez

Yo antes, hace unos años, disponía de una facilidad asombrosa para pensar y hablar sobre lo que realmente importa. ¿Sabes qué es lo que de verdad importa? Pues mira, no es ni el color de las cortinas del salón, ni la última expulsión de Gran Hermano, ni que tu prima Mari Pili se acaba de casar con un tío que ha conocido por Internet. Lo importante es lo que nos pasa por dentro.

Y resulta que nos han/hemos acostumbrado a relegarlo a un segundo plano en un burdo intento de que los entresijos de cada uno pasen desapercibidos. La razón es de lo más humana, no lo vamos a negar: no pensar ni hablar sobre lo que de verdad importa evita que nos enfrentemos a los sinsabores de la vida y nos sumerge en una realidad paralela fabricada con materiales artificiales, con poca sustancia. Esta realidad nos sitúa en el epicentro de una levedad carente de sensaciones y de riesgos, una suerte de limbo en el que no necesitamos cuestionar nada porque todo va bien. Y ya está.

Hasta cierto punto, esto tenía que ocurrir en algún momento. Es prácticamente imposible enfrentarse a diario a una realidad que agrede. Por naturaleza y porque es lo que estamos construyendo. Quiero decir, como si no tuviéramos bastante con los problemas, dificultades y obstáculos que se derivan del mero desempeño de las acciones cotidianas, encima nos meten en un estado de crisis (social, política, moral y, claro está, económica). Pero no se crean, que tampoco es plan de justificar, que hay muchas personas que han hecho del mirar para otro lado su estilo de vida: todo un despliegue de sapiencia. Porque solo existe aquello que se nombra y, por tanto, lo que no se nombra no existe. Mire usted qué bien.

El inconveniente es que tarde o temprano nos asalta un atisbo de lucidez, ese atisbo que empapa la sonrisa de cartón y que descubre las gomillas de la careta que nos esforzamos por mantener bien pegada a la cara. El asunto no es que nos pongamos la careta, sino que nos creemos que ese es nuestro aspecto. Cuán errados estamos.

Cuando la careta se mueve no nos queda más remedio que toparnos con nuestras miserias. Maldita lucidez, pensarán algunos. Bendita lucidez, clamamos otros. Y así se nos pasa la vida luchando: unos por quitarse la careta y vivir algo de verdad y otros por pegársela a la cara con superglue para negar la realidad permanentemente.

¿Continuamos hablando de las cortinas del salón o pasamos ya a hablar de lo que sentimos de una vez?