Lucidez

Yo antes, hace unos años, disponía de una facilidad asombrosa para pensar y hablar sobre lo que realmente importa. ¿Sabes qué es lo que de verdad importa? Pues mira, no es ni el color de las cortinas del salón, ni la última expulsión de Gran Hermano, ni que tu prima Mari Pili se acaba de casar con un tío que ha conocido por Internet. Lo importante es lo que nos pasa por dentro.

Y resulta que nos han/hemos acostumbrado a relegarlo a un segundo plano en un burdo intento de que los entresijos de cada uno pasen desapercibidos. La razón es de lo más humana, no lo vamos a negar: no pensar ni hablar sobre lo que de verdad importa evita que nos enfrentemos a los sinsabores de la vida y nos sumerge en una realidad paralela fabricada con materiales artificiales, con poca sustancia. Esta realidad nos sitúa en el epicentro de una levedad carente de sensaciones y de riesgos, una suerte de limbo en el que no necesitamos cuestionar nada porque todo va bien. Y ya está.

Hasta cierto punto, esto tenía que ocurrir en algún momento. Es prácticamente imposible enfrentarse a diario a una realidad que agrede. Por naturaleza y porque es lo que estamos construyendo. Quiero decir, como si no tuviéramos bastante con los problemas, dificultades y obstáculos que se derivan del mero desempeño de las acciones cotidianas, encima nos meten en un estado de crisis (social, política, moral y, claro está, económica). Pero no se crean, que tampoco es plan de justificar, que hay muchas personas que han hecho del mirar para otro lado su estilo de vida: todo un despliegue de sapiencia. Porque solo existe aquello que se nombra y, por tanto, lo que no se nombra no existe. Mire usted qué bien.

El inconveniente es que tarde o temprano nos asalta un atisbo de lucidez, ese atisbo que empapa la sonrisa de cartón y que descubre las gomillas de la careta que nos esforzamos por mantener bien pegada a la cara. El asunto no es que nos pongamos la careta, sino que nos creemos que ese es nuestro aspecto. Cuán errados estamos.

Cuando la careta se mueve no nos queda más remedio que toparnos con nuestras miserias. Maldita lucidez, pensarán algunos. Bendita lucidez, clamamos otros. Y así se nos pasa la vida luchando: unos por quitarse la careta y vivir algo de verdad y otros por pegársela a la cara con superglue para negar la realidad permanentemente.

¿Continuamos hablando de las cortinas del salón o pasamos ya a hablar de lo que sentimos de una vez?

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2 comentarios en “Lucidez

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