Ineptitud emocional

La ineptitud emocional que nos acecha es terrible. Al doblar cualquier esquina, en la mayoría de rincones que con más o menos interés nos vemos obligados a visitar cada día. Está ahí, siempre, recubriendo nuestros pasos y rellenando los huecos que quedan entre las palabras que decimos. Fiel amiga, fiel compañera, de desdichas, desilusiones y desesperaciones. Y luego, sin embargo, nos preguntamos por qué nos va tan mal y no somos capaces de vislumbrar dónde está la raíz del problema, de dónde provienen tantos bloqueos y enquistamientos y esa pátina que parece que se ha asentado sobre las personas y los objetos pero que en realidad se apodera de los ojos y del corazón del que mira.

El otro día, sin ir más lejos, leyendo un artículo sobre la creatividad no pude evitar proferir estentóreas carcajadas. Cinismo que recorre mis venas, naturalmente. En el artículo de marras decían unos expertos que para que la creatividad llegase a crecer y a expandirse en la persona hasta el cénit de convertirse en genio había que proporcionarle un entorno seguro emocionalmente, un ambiente en el que se permitiera el fracaso. ¿Permitirnos el fracaso? ¿En serio? Yo tengo 31 años y debo llevar treinta más o menos recibiendo mensajes de que lo importante, lo que parte el bacalao, es tener éxito a toda costa y que los que se tropiezan y se caen son unos perdedores (o unos losers, que queda mas de moda). Decían además los expertos que había que estimular el juego, la cooperación y los procesos divergentes. Buah, no veas. De milagro quedan individuos creativos hoy en día, cuando jugar se considera tonterías de críos (y no de todos, solo de los más pequeños), cuando la cooperación se tacha de síntoma de debilidad (necesitar a otros para lo que sea es terrible, lo peor que te puede pasar) y en un mundo en el que todo aquel que se le ocurra sacar los pies del tiesto es perseguido, atrapado y conducido inmediatamente al buen camino (esa senda circular marcada por quién sabe quién y que debemos recorrer como borregos). Es increíble que sigan existiendo individuos creativos teniendo en cuenta que nos encargamos de machacar cualquier atisbo de ternura y emocionalidad en todo hijo de vecino y, por descontado, en nosotros mismos. Como si así fuéramos más felices. Qué empeño en complicarnos las cosas éste de querer vivir enfermos, sumergidos en la rigidez y en la negación de lo que de verdad sentimos.

En el fondo, no deja de resultar para mí de lo más tremebundo que tengamos en nuestras manos la solución para vivir mejor pero que no seamos capaces de aplicarla. Somos nosotros los responsables de propiciar entornos en los que la gente se sienta cómoda, segura y lo suficientemente relajada para ser ella misma. Somos nosotros los responsables de cultivar lo sublime, lo mejor, la excelencia en los demás. Somos nosotros los que albergamos la opción de regar la semilla de relaciones en las que permitir que otros crezcan, se hagan fuertes, se expandan y superen esa mediocridad, que es como una neblina que se asienta tan ricamente en la cotidianeidad. Por qué nos da tanto miedo hacerlo y por qué nos empeñamos en ser unos ineptos emocionales es un misterio que probablemente tenga mucho que ver con nuestra propia incapacidad para aceptar el dolor (de las traiciones, los desamores, los desengaños, las decepciones) y para aceptarnos tal y como somos.

Sospecho que cuando Elsa Punset dice en Redes eso que me gusta tanto de “no es magia, es inteligencia emocional” tiene más razón y más sentido que la mayoría de lo que dicen los telediarios, los periódicos y, por descontado, nuestras bocas. Lástima que queden tan pocas personas dispuestas a convertirse en aprendices de mago. Sospecho también que otro gallo nos estaría cantando.

 

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4 comentarios en “Ineptitud emocional

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