Somos más

Es curioso cómo todos pensamos que nos conocemos muy bien. Cuando reparamos en nosotros mismos, tendemos a definirnos mediante una serie de características que, creemos firmemente, forman parte de nuestra personalidad. “Yo no soy malo, yo soy buenísima persona”, “soy muy amigo de mis amigos”, “soy alegre”, “soy una persona melancólica”, “soy soñador”. Y con lo que nos gusta ocurre algo muy parecido: “a mí no me gustan las comidas muy saladas”, “me encantan los rubios”, “a mí me gusta muchísimo llevar collares de melones”. (Cuando rondo estas cuestiones siempre se me viene a la cabeza mi madre dándome a probar alguna comida cuando era pequeño: como un resorte, yo solía responderle que aquello no me gustaba y ella contraatacaba con un argumento inexpugnable y certero: ¿Pero, vamos a ver, tú lo has probado?)

¿Qué hay de verdad en todo esto? Es decir, de algún modo, consciente o inconscientemente, en algún momento de nuestras vidas elegimos ser de una determinada manera y dividimos el mundo entre lo que nos va y lo que no nos va. No es que hayamos nacido así, nada de eso. En la mayoría de las ocasiones esos adjetivos o esas características que aparejamos tan alegremente, sin pensarlo siquiera, movidos por la fuerza de costumbre, a nuestra persona no son algo rígido e inamovible, sino sólo palabras de las que nos hemos adueñado y con las que conformamos un espacio en el que nos sentimos más o menos cómodos y seguros. “Yo soy así”. Ahá. ¿Y por qué no asá? ¿Estás seguro de que no eres un poco asá? ¿De verdad? ¿Lo has intentado alguna vez? ¿Te lo has planteado siquiera? ¿Has probado esto o aquello? ¿Cómo puedes estar tan seguro de que eres, por ejemplo, valiente, simpático, eficiente o sociable? ¿Cómo sabes que lo que quieres de verdad es esto y no aquello?

En multitud de ocasiones nos predefinimos, nos hacemos una idea de lo que somos y lo que queremos y nos pasamos años esforzándonos por ajustarnos a ese molde, por afirmar la idea que albergamos de nosotros mismos. Una locura. Lo lógico sería adaptar el molde a quienes somos en realidad en cada momento de nuestras vidas. Porque las personas cambiamos, nos modificamos a menudo, mutamos. Quién cojones sabe lo que seremos mañana. Y, puede, tal vez, quizás, que hoy no te apetezca ser valiente, ni simpático, ni eficiente, ni sociable. A lo mejor hoy quieres cagarte de miedo, estar serio y un poco seco, pasar de las obligaciones que normalmente nos imponemos y mandar al carajo a todo el mundo. ¿Qué te lo impide? Aparte de ti, claro, y del miedo atroz que infunde sacar los pies del tiesto y probar a ser alguien distinto.

Quizás si nos lo permitiéramos nos conoceríamos mejor a nosotros mismos y descubriríamos quiénes somos y lo que queremos, pero de verdad, no a través de ese discurso aprendido que repetimos como loros. Tal vez si nos concediéramos la posibilidad de ser alguien diferente a quienes habitualmente interpretamos solucionaríamos algunos problemas en los que nos enquistamos, precisamente, como consecuencia de esa obsesión por no desviarnos jamás del personaje que una vez elegimos representar.

¿Cómo estás tan seguro de que eres quién crees ser? ¿Y si en tu interior hubiera alguien totalmente distinto pugnando por salir? ¿Por qué renunciamos al 75 por ciento de nosotros mismos?

No digo que quien eres sea mentira, solo que no es toda la verdad.

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Noches eternas

Lo peor no es tener miedo. Al fin y al cabo, todos y cada uno de nosotros albergamos esas punzadas en el corazón, ese bocado invisible que se aferra con fuerza a nuestros pies, paralizándonos, desarmándonos. Lo peor no es tener miedo, lo peor es enfadarte contigo mismo y sentirte un cobarde. Y cómo no sentir pavor, auténtico terror, ante los horrores que nos acechan. Cómo no sentirte completamente angustiado ante los horrores que viven en nosotros. Sobre todo ante aquellos que no tienen forma y que no se pueden nombrar ni describir. Cuan descorazonador es lo intagible y lo informe.

Yo ya no quiero enfadarme más. Tengo miedo, sí, ¿y qué? ¿Y qué? A nadie le gusta reconocer que siente pavor, todo el mundo odia a los cobardes. No quiero martirizarme más por la idea de no ser valiente. No deseo regañarme más. La letra no entra con sangre. No más reproches. Quiero aprender a afrontar mis demonios desde el amor, desde el cariño, desde la ternura. Quiero acogerme entre mis brazos y susurrarme al oído que no pasa nada, que no es tan grave, que el auténtico valor es algo más que parecer valiente, que hasta los mejores superhéroes tienen su punto flaco, que incluso los más fuertes y poderosos contienen el aliento ante sus propias noches eternas.

Toneladas de miedo cuidadosamente cultivadas dentro de mí por parte de rostros conocidos y desconocidos y durante el transcurso de tantos años para finalmente percatarme a estas alturas de mi vida de que el peor de los monstruos que me habitan soy yo.

Lo peor no es tener miedo. Lo peor es golpearte e insultarte por tenerlo.

Parece que empieza a amanecer.