Buscar dentro

Buscar. Nos pasamos la vida buscando.

Nos enseñan que para ser felices tenemos que emprender la búsqueda de alguien, ese alguien que se encuentra en algún lugar en el mundo y que puede complementarnos. A veces lo hacemos guiados por la teoría de la media naranja, el alma gemela, con el fin de hallar la otra mitad que nos complete. Otras simplemente es la soledad que sentimos en nuestro día a día la que nos empuja a necesita el afecto y el apoyo de otro. La cuestión es dar con una persona especial que nos haga sentir, igualmente, especiales. “¿Dónde estará? En algún momento lo tengo que encontrar”.

Y probamos. Salimos al mundo y nos relacionamos con personas con la esperanza de hallar la sorpresa escondida detrás de alguna de esas caras a las que nos acercamos con ilusión o tras alguno de los nombres de un perfil. Incluso los más escépticos, en el fondo, mantienen esa chispa de deseo de tener un golpe de suerte a la vuelta de cualquier esquina.

Nos enseñan, además, que esto ha de ser algo bonito, que hay belleza en esa búsqueda del amor. Nos transmiten que cuando se da con la persona adecuada el mundo se torna en un lugar infinitamente mejor y que los problemas pasan a un segundo plano. Pero nadie habla de qué pasa cuando no se encuentra, de la frustración que produce salir ahí afuera y no tener suerte. Del desgaste, de atraer a personas que no nos hacen ningún bien, de las emociones enquistadas, del vacío.

Buscar. Nos pasamos la vida buscando. Buscando el amor. El amor de otra persona. Y buscamos fuera lo que en realidad deberíamos estar buscando dentro. ¿No te das cuenta? Tú eres tu persona especial, tú eres quien debe hacerte sentir especial.

Pasamos por alto, se nos olvida, que el amor más grande del mundo es querernos a nosotros mismos. Y eso sí que es una suerte.

Escindido

Todos tenemos otro. Malvado, maligno, perverso. Está dentro de nosotros, debajo de la piel, entremezclado con los órganos, entre las arterias, confundido en la sangre que recorre, incansable, la totalidad de nuestro ser. Se cuela en nuestro corazón y lo corrompe. Recorre nuestros labios y los sella para que no pidamos ayuda ni hablemos sobre él. Se pasea por nuestros oídos y nos obliga a escuchar sólo aquello que le reafirma. La mitad oscura, esos pensamientos que nos cuesta tanto detener y que nos transmiten sentimientos horribles, se apodera paulatinamente de nosotros. ¿Así vas a ir vestido? ¿Has cerrado bien la puerta? ¿Crees que te respetarán si eres tan sensible o tan simpático? ¿En serio crees que vas bien peinado? ¿Estás seguro de que esta persona con la que mantienes una relación no está contigo por lástima o, peor, por interés? ¿Cómo vas a caerle bien a tus amigos siendo como eres? ¿De verdad crees que te miran con admiración cuando, en realidad, seguro que te miran con la curiosidad con la que se observa a los bichos raros, seres de otro mundo a los que, visceralmente, en exclusiva se tocan con un palo atado a otro palo si acaso? ¿En serio crees que estás a la altura? ¿Cómo vas a cambiar de trabajo, si no puedes aspirar a más?

Nuestro alter ego, sombrío, taciturno, terrible en su esencia, se limita a hacer lo que mejor se le da en este mundo: boicotear nuestra existencia, sabotear nuestros sueños, tender trampas, poner zancadillas. Destruir. Qué contrariedad. Lo estremecedor es que le creemos, le otorgamos pleno crédito, le concedemos suficiente autoridad como para que se hinche y se expanda y arrinconce a nuestro otro yo, haciéndose con el poder. Nos posee y nos domina. Y entonces sólo se le escucha a él. Mientras tanto la voz buena, la buena voz, la esencial, la que no se deja guiar por las neuras, la que puede ayudarnos a vivir de verdad, la voz a nosotros debida, es enterrada en las profundidades de una mazmorra infame instalada en un lugar remoto. ¿Dónde está esa otra voz? ¿Dónde? A veces se le oye, muy lejos, pugnando por salir. Qué pena que no podamos oírla, qué pena que los sentidos hayan sido conquistados por la mitad oscura.

Y, en realidad, esa otra voz se encuentra mucho más cerca y mucho más accesible de lo que, convencidos por la sombra creemos. Está en nosotros, justo ahí, en el pecho, en las tripas, más abajo quizás. Nadie más que tú puede liberarla. ¿Cómo hacerlo? Sólo existe aquello en lo que se cree. ¿A quién vas a creer? ¿A la voz que te hace dudar de ti mismo y que te invita a hundirte en la miseria o a esa otra que te está ofreciendo una oportunidad de ser quien realmente eres?