Escindido

Todos tenemos otro. Malvado, maligno, perverso. Está dentro de nosotros, debajo de la piel, entremezclado con los órganos, entre las arterias, confundido en la sangre que recorre, incansable, la totalidad de nuestro ser. Se cuela en nuestro corazón y lo corrompe. Recorre nuestros labios y los sella para que no pidamos ayuda ni hablemos sobre él. Se pasea por nuestros oídos y nos obliga a escuchar sólo aquello que le reafirma. La mitad oscura, esos pensamientos que nos cuesta tanto detener y que nos transmiten sentimientos horribles, se apodera paulatinamente de nosotros. ¿Así vas a ir vestido? ¿Has cerrado bien la puerta? ¿Crees que te respetarán si eres tan sensible o tan simpático? ¿En serio crees que vas bien peinado? ¿Estás seguro de que esta persona con la que mantienes una relación no está contigo por lástima o, peor, por interés? ¿Cómo vas a caerle bien a tus amigos siendo como eres? ¿De verdad crees que te miran con admiración cuando, en realidad, seguro que te miran con la curiosidad con la que se observa a los bichos raros, seres de otro mundo a los que, visceralmente, en exclusiva se tocan con un palo atado a otro palo si acaso? ¿En serio crees que estás a la altura? ¿Cómo vas a cambiar de trabajo, si no puedes aspirar a más?

Nuestro alter ego, sombrío, taciturno, terrible en su esencia, se limita a hacer lo que mejor se le da en este mundo: boicotear nuestra existencia, sabotear nuestros sueños, tender trampas, poner zancadillas. Destruir. Qué contrariedad. Lo estremecedor es que le creemos, le otorgamos pleno crédito, le concedemos suficiente autoridad como para que se hinche y se expanda y arrinconce a nuestro otro yo, haciéndose con el poder. Nos posee y nos domina. Y entonces sólo se le escucha a él. Mientras tanto la voz buena, la buena voz, la esencial, la que no se deja guiar por las neuras, la que puede ayudarnos a vivir de verdad, la voz a nosotros debida, es enterrada en las profundidades de una mazmorra infame instalada en un lugar remoto. ¿Dónde está esa otra voz? ¿Dónde? A veces se le oye, muy lejos, pugnando por salir. Qué pena que no podamos oírla, qué pena que los sentidos hayan sido conquistados por la mitad oscura.

Y, en realidad, esa otra voz se encuentra mucho más cerca y mucho más accesible de lo que, convencidos por la sombra creemos. Está en nosotros, justo ahí, en el pecho, en las tripas, más abajo quizás. Nadie más que tú puede liberarla. ¿Cómo hacerlo? Sólo existe aquello en lo que se cree. ¿A quién vas a creer? ¿A la voz que te hace dudar de ti mismo y que te invita a hundirte en la miseria o a esa otra que te está ofreciendo una oportunidad de ser quien realmente eres?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s