Pedir

Pedir está muy mal visto. No se lleva. A todos nos enseñan que tenemos que sabernos al dedillo e interpretar sin excepciones un papel consistente en parecer fuerte e implacable. Por supuesto, pedir queda relegado a la nada, pues pedir implica una necesidad cuya satisfacción depende de otra persona. Eso es inconcebible en un mundo que nos empuja a despreciar al otro o a ignorarlo en el mejor de los casos. Por eso tantos y tantos sacos de carne y huesos caminan por ahí pagados de sí mismos y arrojando a la cara de quien quiera mirar una fachada pretendidamente altanera y autosuficiente. “Miradme, no os necesito”. Una estratagema parecida a intentar parecer más grande extendiendo los brazos; tarde o temprano la cruda realidad se impone y uno se queda en lo que es. Ni más ni menos.

Luego, por dentro, la vida es otra. Por dentro, todos sufrimos y necesitamos cosas. Todos, absolutamente todos, tenemos días tontos en los que nos levantamos y ansiamos desesperadamente en nuestro fuero interno que alguien, quien sea, venga y nos dé un reconfortante abrazo. Todos, absolutamente todos, nos descubrimos en situaciones en las que albergamos un miedo tremendo y punzante en el pecho y anhelamos que alguien, quien sea, se acerque y nos susurre al oído que todo saldrá bien. Todos, absolutamente todos, necesitamos de vez en cuando explotar y desahogarnos, poner a parir hasta al apuntador de esta obra y que otra persona, quien sea, tan solo nos escuche. Y, por descontado, todos, absolutamente todos, necesitamos que nos recuerden quienes somos de vez en cuando, que alguna mano altruista extraiga un espejo de su bolso y nos muestre nuestras cualidades y lo fuerte que somos para sobrevivir a ese asesino casi invisible que es el día a día.

O sea, que estamos llenos de imperiosas necesidades, pero en lugar de admitirlas nos convencemos a nosotros mismos de que no necesitamos nada, de que solos podemos, de que no tenemos derecho a pedir y menos aún a demostrar que somos vulnerables y se nos puede hacer daño. También está, como no, el miedo al rechazo, a que al pedir nos respondan que no o, peor aun, nos condenen a la indiferencia y hagan oídos sordos a nuestras peticiones. Puede pasar, claro. No nos percatamos de que lo importante de pedir no es obtener lo que queremos, sino hacer tangible lo que nos exige el cuerpo, escucharnos. Pedir es reconocernos a nosotros mismos en toda nuestra plenitud. Este soy yo y necesito que me abracen, que me digan que todo saldrá bien, que me escuchen, que me recuerden quien soy. Que me quieran. Que se nieguen a dármelo no es el fin del mundo: sólo implica que no estoy pidiendo en el lugar adecuado ni a las personas indicadas.

Pedir es un acto valiente y de honestidad. Y yo ya me he hartado de vivir ignorando mis necesidades. Tan condenadas al ostracismo, tan relegadas a un segundo plano las tengo, que ya no sé ni cuáles son. Es tiempo de descubrirlas y de expresarlas. Es tiempo de vivir como de verdad quiero.