Feliz 2014

El 31 de diciembre siempre ha provocado en mí una extraña inquietud. Es raro, porque me pasa desde que tengo uso de razón. En mi cerebro, este día está dotado de la fuerza invisible que adquieren los puntos de inflexión, los que marcan un antes y un después en el curso de nuestras vidas. Sé que es una tontería: las cosas no mutan de repente, de un día para otro y sólo porque cambiemos el calendario, y, por si fuera poco, los puntos de inflexión jamás son previsibles, sino que ocurren sin que nos demos cuenta. Sólo podemos percatarnos de que han estado cuando ya se han ido, cuando miramos hacia atrás y descubrimos que todo ha cambiado. Cuando posamos los ojos en el horizonte y nos sale murmurar “antes todo esto era otra cosa”.

Esta mañana estaba echando un vistazo a mi año 2013 y me he percatado precisamente de que uno de estos puntos de inflexión se ha colado por sorpresa en mi vida. No puedo precisar cuándo exactamente empezó a cambiar todo, en qué mes concreto las formas se difuminaron y se inició la transformación. La cuestión es que ya no soy el mismo que comenzó este año. Ahora soy mucho más yo que entonces. 

El 2013 ha tenido la delicadeza de colocarme frente a un espejo de astronómicas dimensiones. Al principio no quería mirar: sentía pavor, un miedo inconmensurable de toparme con unos ojos abominables, una cara detestable, unas facciones despreciables y un cuerpo deleznable. Temibles monstruos. Porque aunque yo me miraba en el espejo del baño todas las mañanas para lavarme la cara y peinarme, no era capaz de ver lo que había ante mis ojos. Mirar sin ver, sin sentir, un deporte en el cual era todo un campeón.

Al final me atreví a mirar. Lo que había me gustó y me disgustó a partes iguales (ya sabes, en eso consiste la vida, en lidiar con una contradicción constante para reunir algo de equilibrio en nuestro paseo por la cuerda floja). La ansiedad amainó, el miedo se hizo pequeño en un rincón y el aire se tornó infinitamente menos denso y me permitió, por fin, respirar. Fue como descubrir vida en Marte. O en un planeta todavía más lejano y que, encima, me correspondía por derecho.

Durante estos doce meses he dejado atrás los reproches, los escondrijos, la oscuridad en la que me sumía una autoexigencia que me obligaba a hacer cosas que no quería hacer y a sonreír cuando no correspondía. Me he permitido pasear por el mundo y descubrir. He viajado junto a un maravilloso compañero que siempre me tomaba de la mano y me hacía sentir como en casa. Me he descosido la boca y he cantado, he reído, he hablado de lo que me daba la gana y cómo me daba la gana. He echado de menos y he querido cuando me lo pedía el cuerpo. Qué gusto da ser honesto con un mismo, para variar, escucharse, comprenderse, abrazarse, consolarse, animarse. Y de paso escuchar, comprender, abrazar, consolar y animar a los amigos de verdad, aquellos que no te piden ni exigen nada, que no te censuran; aquellos a los que tu mera existencia en el mundo les reconforta tanto como a ti la de ellos.

Todavía queda mucho camino por recorrer. Pero en este año me he fabricado unas alas. Tengo que perfeccionarlas y solucionar unos cuantos detalles mediante la técnica del ensayo-error. ¿Pero sabes qué? Algo me dice que en este 2014 voy a aprender a volar. 

¿Te vienes conmigo? No te quedes atrás.

Feliz 2014.

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