Enjaulado

No existe peor cárcel que la que nos imponemos nosotros mismos.

En estos días me he dado cuenta de algo (porque, últimamente, me doy cuenta de todo). Este algo es de suma trascendencia y relevancia para el desarrollo de una vida, de cualquier vida (por eso lo comparto, con la esperanza de que sirva a vidas de otras personas). Y es especialmente relevante para la mía.

Yo sentía que estaba dentro de una jaula de metal hecha de alambre de espino, en el centro de una habitación llena de gente. Era imposible moverse en ese insólito hábitat y mucho menos volar. El miedo a pincharme en cualquier momento me mantenía paralizado y encogido, contra un rincón funesto, atosigado por la perspectiva de dar un paso y morirme de dolor. Durante años, que por su pesadez y su sabor metalizado a sangre se me antojaron siglos, me mantuve inmóvil, contemplando el lento discurrir de la vida, mi vida, no vivida realmente a través de los barrotes y con la amarga sensación de que se me escapaba algo.

Hasta que un buen día ocurrió.

No había nada de especial en aquella tarde, nada que la diferenciara de todas las demás salvo que había llegado al punto exacto en el que el corazón estaba preparado para dar un vuelco. Simplemente abrí los ojos y miré, tal vez con mayor atención que de costumbre. Tuve que frotarme los ojos para asegurarme de que no estaba soñando. Me levanté de donde había permanecido años acurrucado y me acerqué a los barrotes de alambre de espino de la jaula. Alargué la mano contra una de aquellas aristas punzantes que me habían intimidado desde que tenía uso de razón. Ignoré las voces que me habían aconsejado, implorado y ordenado que permaneciera estático. Y entonces lo sentí con la máxima claridad a la que puede aspirar nunca un ser humano: la jaula no era más que un dibujo. Una fantasía. Algo inexistente a cuya amenaza había resignado mi existencia.

En ese momento, en lugar de lamentarme por el tiempo que había perdido amilanado por la creencia de que si me movía me moriría de dolor, me dio por reír. Es cierto que la vida puede ser cruel a veces, pero no es menos cierto que algunas personas nunca logran escapar de sus jaulas, jamás consiguen huir de sus propios miedos, hechos de alambre de espino imaginario. Y yo lo estaba viendo, lo estaba sintiendo en cada centímetro de mi pensamiento. Cada carcajada se convirtió en un aliento de vida, en un reducto de confianza reconquistada, en una barrera traspasada.

Y por fin, justo entonces, me di cuenta de que todo iba a salir bien porque me quería lo suficiente como para confiar plenamente en mí.

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