(Des)control

Su infancia había estado teñida de miedos, de muchos tipos y formas que la gente normal no es siquiera capaz de imaginar. ¿Cómo sobrevivir cuando tu habitación ha sido invadida por imágenes de pánico y terror, de desolación y horror, de rincones oscuros y fauces abiertas de par en par? ¿Cómo continuar respirando en el interior de una caja que se supone que debe hacerte sentir seguro pero en la que el aire se densifica hasta hacer bola en la garganta, hasta apagar tu voz, hasta casi ahorcar?

Entonces encontró una manera, la única manera. Descubrió que sólo había una forma de sentirse seguro en medio de la noche eterna que le había tocado en suerte y que sacudía el suelo bajo sus pies hasta desmadejar su cuerpo. Así que se hizo un experto en el control. Si fingía tomar las riendas de su vida y se dedicaba a hacer siempre exactamente lo mismo, desde que se levantaba hasta que se acostaba, si creía en la ilusión de que había cosas que podía manejar a su antojo, era probable que lograra una falsa sensación de seguridad que le salvara de las fauces de la locura, la desesperación y la muerte. Entregarse con fervor a una rutina inventada, estricta y autoimpuesta, simular que controlaba lo que ocurría a su alrededor, disminuía la ansiedad, disipaba el miedo y desalentaba a los monstruos que amenazaban con devorar su cerebro. Encajonarse, ajustarse a las reducidas medidas de esa vida era fácil. Todo era acostumbrarse. La gente se acostumbra a cualquier cosa, incluso a las más horribles existencias, y sin que nadie, salvo ellas mismas, las obliguen.  ¿Qué más daba que su vida se limitara a los confines de una burbuja en la que nunca pasaba nada, que jamás se atreviera a probar cosas nuevas o a realizar acciones descabelladas y sin sentido como el resto de los niños?

No era más que un precio a pagar, y en ese momento ni siquiera le parecía demasiado alto. Dejar de ser niño tampoco era tan grave después de todo. El control le ayudó a sobrevivir, pero eliminó cualquier posibilidad de jugar. La espontaneidad quedó anulada por una racionalidad rígida y estricta, básicamente cerebral, que relegaba las emociones al ostracismo. Y el mundo, aunque seguro, se tornó gris y derritió todos los colores. Aburrido, repetitivo, insulso, insípido. Con el paso de los años, la burbuja se tornó demasiado pequeña, demasiado angustiosa. El control dejó de ser una salvación para convertirse en una pesada cadena con una bola negra al final. Todo medido, todo encorsetado. Todo conocido. Sin cambios, sin sobresaltos. Sin entusiasmo, sin pasión.

Pero, entonces, un día, cuando ya casi pensaba que estaba todo perdido, empezó a hacerse preguntas. Las preguntas son el inicio de casi todos los grandes hitos. ¿Dónde está el aire que necesito? ¿Dónde está la alegría que merezco? ¿Dónde están aquellas emociones que colorean los cuerpos, los ojos, los cielos y que anhelo para mí? Miró en su interior, mas no halló respuestas: solo la necesidad de expandir sus agarrotados miembros y curvar su sonrisa. Y así, sin más, sin darle explicaciones a nadie, ni siquiera a sí mismo, decidió empezar a hacer todo aquello que nunca se había atrevido, que el miedo le había prohibido. Se permitió.

No era una mala idea: tenía todo un mundo por descubrir.

A la mierda el control y las formas. Dejemos que ocurra lo que tenga que ocurrir.