Lenta-mente

Siempre sospeché que vivir era como andar bordeando un precipicio y que si no nos despeñábamos era por una cuestión relativa a un mero milagro intuitivo, pero nunca lo tuve tan claro como hasta ahora. Los peligros acechan en nuestros caminos de manera intermitente pero constante: es una realidad que será mejor que asumamos cuanto antes. No es algo malo, ni siquiera negativo. Se trata, más bien, de la compleja naturalidad que compone casi todas las cosas que merecen la pena.

Ahora bien, ¿qué se puede hacer para evitar lo inevitable? Nada. O mejor dicho, todo. Se puede transitar por una senda colmada de peligros sin hacerte daño, sin caer en ninguno de ellos. Es fácil si buscas lo fácil, si evitas hacerte daño, si bordeas, si vas despacio, si intuyes, si escuchas lo que te dicen tus sentidos, si no te complicas, si decides no dejarte dominar por esa espiral de autodestrucción que todos llevamos dentro, si eliges merecer lo mejor de lo que te vas encontrando. Si tropiezas y te caes, te levantas. Si te pinchas con un zarzal, te alejas de él y aprendes que ese dolor es necesario para crecer y que no es que el mundo esté en contra tuya ni nada por el estilo, sino una simple cuestión de azar. Si tienes miedo, luchas contra él y no le permites que te paralice. Y sigues caminando, acojonado, porque todos lo estamos, aunque a ti te parezca que lo estás más que nadie y que tus dificultades para andar son las más graves y las más dramáticas. (A todos nuestro dolor nos parece el más grande y el peor.)

No importa a dónde llegues. Lo relevante es aprender que los peligros no desaparecerán, que siempre estarán ahí, pero que el tamaño de los monstruos depende de ti y sólo de ti y del miedo que les tengas. Puedes ganar esta partida si, a pesar del pánico que distorsionará tu percepción, a pesar del terror que hará que albergues las peores fantasías y a pesar del horror que minará tu confianza, no te dejas vencer y nunca te detienes en esa senda cuyo único destino seguro eres tú. Es posible que a menudo tengas la sensación de estar transitando muy despacio, pero es que tomar velocidad requiere años de práctica. Y de paciencia y sabiduría.

Yo aún soy como un niño que está aprendiendo a caminar: tras 32 años posado en una esquina viendo la vida pasar por fin estoy vislumbrando con claridad que no soy un pasajero en este tren que es mi vida, sino el conductor. Y por eso ahora, aunque sigo muerto de miedo, me muevo. Y avanzo. Aunque sea gateando o pisando de manera insegura. Avanzo. Hacia mí. Lenta pero inexorablemente.

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