Quería pertenecer

Quería pertenecer, pero no sabía cómo.

Cuando era niño tomó la inconsciente decisión de desligarse, de alejarse, de pasar desapercibido, de ser independiente y autosuficiente de sus padres y de su familia, de sus profesores, de sus amigos, de cualquier persona en general. La idea era no hacer ruido para no llamar la atención y así pasar desapercibido y poder hacer su vida y las cosas a su modo. Solo. Sin nadie más que sí mismo y lo que él podía proporcionarse. Cuando había más gente en las habitaciones fingía estar, pero no estaba. Simulaba formar parte de aquel grupo que por suerte o por desgracia le había tocado, pero no pertenecía realmente. Delante de ellos no era más que una sombra fantasmal que apenas si ocupaba una parcela de espacio ínfima. Una presencia prácticamente imperceptible. Justo lo que él deseaba. “¡Qué independiente!”, solían decirle, “¡Qué maduro! ¡Qué chico más bueno!”. Renunció a ser niño para vivir como un adulto prematuro. Lo hizo tan bien que todos dejaron de preocuparse por él. Era lo que él quería. Era lo que él creía que quería.

En realidad, nunca confió en ellos. Llegó a la conclusión de que ninguna de esas personas a las que estaba unido por meros lazos  de parentesco o de casualidad iba a satisfacer sus expectativas y necesidades básicas. Y si lo hacían, se trataría de algo efímero y tarde o temprano lo abandonarían. Era mejor estar solo que vivir con la angustia del abandono inminente. ¿Quién iba a querer quedarse con él? Dejó de pedir, reprimió sus ansias de apoyo, afecto y ayuda. Tanto así que cuando en el futuro cualquier persona trataba de ayudarle se asustaba, se enfadaba, se evitaba, se negaba. “No lo necesito”, solía afirmar, “Estoy bien. ¿No es mejor que te ayude yo a ti?”. Todo era mentira. Claro que necesitaba ayuda, pero ya no podía aceptarla, ya no sabía cómo dar marcha atrás y dejar a un lado la aparente autosuficiencia.  “¡Qué independiente!”, solían decirle, “¡Qué maduro! ¡Qué chico más bueno!”. Pero aquellas palabras empezaban a sonar más como una maldición que como algo de lo que sentirse orgulloso.

Quería pertenecer, pero no sabía cómo. Se esforzaba, pero se descubría a sí mismo alejándose de las personas que trataban de acercarse a él. Era como una especie de juego demencial que se había situado en el epicentro de sus relaciones y que había naturalizado. El mecanismo era el siguiente. Como un bicho raro, alguien de otro planeta, se situaba sigilosamente cerca de los seres humanos, inmerso en una intensa labor de investigación o espionaje. A veces incluso llegaba a interaccionar con ellos. Pero en cuanto comenzaba a relajarse, en cuanto sentía que ellos se aproximaban demasiado y que sus identidades hacían el amago de entremezclarse con la suya, echaba a correr para esconderse. Se alejaba y desaparecía inexplicablemente. Se martirizaba. Se frustraba. Desconfiaba de ellos y de sí mismo. “Es que soy muy independiente”, se justificaba en un vano intento de retener a los demás, de que no se hartaran de él, de que le siguieran permitiendo aproximarse de tanto en tanto, de no quedarse tan solo como había estado siempre.

Ya no quiere parecer independiente y maduro. Se ha percatado de que solo desea pertenecer. Aún no sabe cómo. Nadie nace sabiendo. Es posible que le lleve algún tiempo descubrir la forma. Pero algo ha cambiado.

Y lo logrará.

 

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3 comentarios en “Quería pertenecer

  1. Hola Carlos. Me gusta mucho la forma en la que escribes. He aprendido varias cosas gracias a ti. Aprovecho para decirte que leí “Amar en tiempos de estomagos revueltos” y me encantó. Ahora tengo en mis manos “Multitud”, se que es más serio en relación al otro, pero lo poco que llevo me ha llamado la atención. Gracias por escribir y compartir tu forma de ver la vida. Un abrazo.

  2. lakittywoo dijo:

    Muy, muy orgullosa, como te decía. Por lo valiente, por lo tenaz, por lo astuto. Por lo creativo, lo consciente y lo humilde.
    Muy orgullosa y muy afortunada por saberte.
    Te veo en el camino. Espérame en la piedra.

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