Él sólo quería que le quisieran

Él sólo quería que le quisieran.

Él quería que le quisieran, así que miró a su alrededor y se dispuso a pedirlo. Pero todo el mundo parecía demasiado ocupado en otros menesteres, demasiado ausentes, desdibujando en sus ojos unas miradas demasiado perdidas. No le prestaban atención. Parecía ser insignificante, accesorio, banal, fácil de ignorar.

Él sólo quería que le quisieran y pensó que si esas personas a su alrededor no le estaban queriendo era simple y llanamente una consecuencia lógica de su escaso valor. Si no le querían debía ser, forzosamente, porque él no era lo bastante bueno, lo suficientemente digno de recibir ese amor. Se miró a sí mismo. “¿Por qué no me quieren? Debe de ser porque soy feo, porque soy malo, porque soy torpe, porque soy estúpido, porque soy aburrido, porque soy poca cosa. Si ellos no me quieren debe de ser porque no merezco que me quieran.”

“Para que me quieran tengo que ser mejor”. Tomó una decisión. Se aferró a un perfeccionismo enfermizo que lo ensombrecía todo, que desbordaba su existencia, que eclipsaba sus éxitos y exageraba hasta la extenuación sus fracasos. Agotado en su empeño de que le quisieran, no cesaba de hacer cosas, de embarcarse en proyectos mediante los cuales demostrar su valía, de conquistar hombres con los que convencerse de que no era tan feo ni tan poco atractivo, de aguantar situaciones imposibles y a personas incapaces a través de las que cerciorarse de que era buena persona. Jamás se permitía dejar algo a medias, desfallecer, dar muestras de cansancio o de hartazgo, descansar, asumir fracasos. Tampoco divertirse, ser espontáneo o sentir placer. Nunca nada era suficiente. Siempre había que estar haciendo algo con lo que ser mejor, con lo que sentirse merecedor, con lo que gritarle con todas sus fuerzas al mundo y a todas las personas que habían pasado por su vida y que no le habían querido que él era bueno, guapo, listo y mil cualidades más y que, por lo tanto, merecía que le quisieran.

Pero nunca, nunca, era suficiente ni lo bastante bueno. Constantemente encontraba defectos, fallos, características mejorables. Jamás sería perfecto. Por tanto, nunca se sentiría digno de que le quisieran. Y si alguien le daba calabazas, inevitablemente se culpaba y se flagelaba.

Un día, sencillamente, se encontró exhausto y desolado y decidió dejar de hacer cosas para ser mejor. Comenzó a hacer aquello que le apetecía. Se acogió a una máxima: todo estaba bien como estaba. Se permitió equivocarse, no corregirse más, dejar las cosas como estaban, decir lo primero que se le pasaba por la cabeza, enfadarse, alegrarse por tonterías, decepcionarse, pedir, sentir miedo, perder el tiempo, buscar placer. Se relajó. Se percató de que no conseguiría amor reuniendo muchas cualidades, sino siendo auténtico y honesto consigo mismo.

Descubrió que no era tan malo ser como era él y que el secreto, el único posible, consistía en dejarse llevar y ser.

Y por primera vez en su vida se sintió como en casa.

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