¡Cuánta eficacia!

Como nos empeñamos en ser perfectos, nos culpamos por todo aquello que creemos que no está bien en nuestra vida. Por lo que tenemos y no tenemos. Por lo que hacemos y no hacemos. Pero especialmente nos culpamos por lo que perdimos y lo que hicimos o no hicimos. Miramos hacia el pasado y nos hacemos todo tipo de reproches. Tendría que haber sido más duro. Tendría que haber confiado menos en él. Debería haber sido más listo. Ojalá hubiera sido menos sumiso. Debería haber estado más espabilado. Le tenía que haber cantado las cuarenta en lugar de quedarme callado. Todo son arrepentimientos, faltas, defectos de los que nos apropiamos y que hacemos nuestros, piedras que añadimos a la mochila imaginaria (y para algunos tan tangible que resulta casi real) con la que vamos caminando calle arriba y calle abajo, por ahí. Pero qué malo he sido. Pero qué tonto he sido. Pero qué poco perfecto y qué poca exactitud.

Tengo la impresión de que debe existir en alguna parte un manual que recoge con absoluta precisión todas las verdades universales y los pasos a seguir para solucionar correctamente cualquier problema. Este manual desde luego nunca ha pasado por mis manos (váyase usted a saber por qué). Todo el mundo parece saber cuál es la mejor forma de actuar en cada situación. Está claro que tendrías que haber hecho esto o aquello. Está clarísimo. Pura lógica. Pero mi cuerpo y mi mente no funcionan guiados por la lógica.

Somos humanos. Esto quiere decir que nos adaptamos a las situaciones, a los contextos, a las personas, a los momentos sin pensarlo demasiado, de manera inconsciente, movidos por cuestiones que pasan desapercibidas. E inconscientemente, de forma automática, cuando nos atañe un problema o una situación no nos detenemos a reflexionar con una calculadora para evaluar de manera abrumadoramente lógica cómo comportarnos. Sencillamente los mecanismos interiores buscan la solución más accesible para cada problema al que nos enfrentamos o aquella que garantiza a corto plazo nuestra supervivencia. Esa solución, por descontado, casi nunca es la más lógica ni la más racional. Más bien es intuitiva. Y la intuición, a pesar de lo que dicen por ahí, es mucho más sabia y mucho más efectiva de lo que nos empeñamos en pensar. Pero a veces, sólo a veces, comete errores. O, simplemente, entre las soluciones disponibles escoge la menos mala a su alcance. Por eso, en ocasiones, nos engañamos contándonos un bonito cuento que oculta la realidad más hiriente. O nos mostramos sumisos. O nos callamos. O modificamos nuestro comportamiento o forma de ser y nos transformamos. O gritamos sin razón. O nos anulamos. O lloramos desconsolados en lugar de mostrarnos fuertes e implacables. En suma, no hacemos lo que se suponía que debíamos hacer, esa solución que sólo aparece en ese manual de verdades irrefutables y actuaciones lógicas.

Pobre intuición inconsciente, cómo la culpamos por estos errores. Sin tener en cuenta las muchas diatribas que nos evita y los múltiples socavones de los que nos salva. Sobredimensionamos sus tropiezos y menospreciamos sus aciertos. Justo lo que hacemos con nosotros mismos. Pero eso es lo que nos enseñan en todas partes: que sólo lo racional, lo lógico, lo mental, lo perfecto, lo estructurado, lo rígido es fiable y válido.

Las personas no estamos diseñadas para ser perfectas y funcionar con la lógica, sino para ser eficaces y responder ante situaciones y estímulos. Tal vez las decisiones que antaño tomaste te parezcan errores, pero en la mayoría de los casos no son más que la respuesta de un organismo vivo para sobrevivir de manera eficaz (que no de forma perfecta ni lógica) a algo que estaba aconteciendo a tu alrededor. Quizás, tal vez, es más justo para contigo mismo que en lugar de flagelarte por aquello que en teoría no supiste gestionar te mires al espejo y te digas a ti mismo: “Claro que lo gestioné, de la forma que mejor sabía y con los recursos de los que disponía. Lo hice lo mejor que pude. Y está bien, porque aquí estoy. Vivo y sintiendo, por muy buen camino. Desde luego no es perfecto, ¡pero qué capacidad de improvisación! ¡Cuánta eficacia!”.