Arrebatos

Sufrí. Amargamente. La sensibilidad se me antojó una piedra demasiado pesada y consistente en movimientos circulares que volvían siempre a la cima borrascosa de la misma montaña espinosa.

Maldije lo mejor de mí.

Me olvidé de mirar la realidad como hacía antes y me senté en un trono que no me pertenecía.

Hice humor con la desgracia, chistes con el dolor. Frivolicé mi sufrimiento, arrasé el corazón y lo dejé yermo, porque los árboles que crecían en él me hacían daño con sus raíces y acaparaban toda el agua.

Mi cuerpo se deshidrató. Dejó de tener importancia. Se instrumentalizó.

Empecé a establecer juicios sobre todo aquello que se ponía ante mí, antes siquiera de mirarlo detenidamente, de escucharlo, de saborearlo, de olerlo, de tocarlo, de descubrirlo.

Anulé mis sentidos y sólo quedaron mis impresiones, mis opiniones, mis imaginaciones, mis juicios. Así era más fácil.

Era un atómata que lo criticaba todo sin molestarse en comprobar si lo que decía era cierto.

Generalicé y entonces fabriqué una trampa hecha con tela de araña en la que caí como una mosca junto a otros, muchos otros, que se acercaron a mí y a mi vida, que pululaban por aquí y por allá.

Me parapeté en las tinieblas de quien cree saberlo todo.

Lo metí todo en cajas y establecí categorías.

Estaba estancado. Quería desdecirme, pero no sabía cómo. Asumí que era demasiado tarde.

Y entonces empecé a beber mucho sólo para comprobar si todavía podía sentir algo.