Querible

El problema no es que tú no me quieras, sino que yo no creo que puedas quererme. Y por eso, cuando me dices que me quieres, que me adoras, que te encanto, que te vuelvo loco, que te mueres por mis huesos, que te gusto, que te ríes conmigo, que te parezco interesante, que te diviertes conmigo, que eres feliz a mi lado, que te sientes afortunado de haberme conocido, que te gusta lo que ves, que te gusta lo que escuchas, que te gusta lo que hueles, que sientes bonito,  que eliges estar conmigo, no me lo creo.

El problema no es que tú no me quieras, sino que yo no creo que puedas quererme y por eso me paso el día desconfiando de tus halagos, de tus declaraciones de amor, de tus muestras de interés, de tus entregas, de tus regalos, de tus afectos, de tus abrazos, de tus besos. “Algo querrá”, “algo andará buscando”, “lo habrá dicho para conseguir alguna cosa”, “eso se lo dirá a todos, seguro”. O peor, pensando que eres bobo por quererme. “Tiene que estar tonto para haberse fijado en alguien como yo”.

El problema no es que tú no me quieras, sino que yo no creo que puedas quererme. Y por eso se me van las horas dudando, separándome, desoyendo lo que me dices, banalizando lo que percibo que sientes por mí, frivolizándolo, juzgándolo imposible, impasible.

El problema no es que tú no me quieras, sino que yo no creo que puedas quererme, porque yo no soy digno del querer, del afecto así de fresco y así de puro, no estoy a la altura de los grandes amores, no estoy al nivel de las personas que enamoran, que encandilan, que embelesan, que encantan, que interesan, que despiertan sensaciones así de bellas.  No puedo creer que entre todas las elecciones posibles te quedes conmigo, que elijas quererme a mí.

El problema no es que tú no me quieras, sino que yo no soy querible.

El problema no es que tú no me quieras. El problema es que no me quiero yo. 

El día que me quiera te vas a enterar.