Seamos justos

—Ha sido terrible.

—No ha sido tan terrible.

—Lo ha sido. Tenía que ser perfecto y maravilloso.

—Ha sido maravilloso.

—Pero no ha sido perfecto. Y tenía que serlo.

—No. Tú quieres convencerme de que tenía que ser perfecto. Y no tenía por qué serlo. Ha sido maravilloso.

—Pero no ha sido perfecto, como habíamos pensado que sería.

—Vale. De acuerdo. Ha sido imperfecto.

—Y tienes que mejorar un montón.

—Quizás es que nos hemos puesto una expectativa muy alta. Queríamos hacerlo la primera vez como alguien que lleva años currando en esto. Habíamos pensado en un resultado ideal. Y no lo hemos logrado, como era de prever. Pero ha habido cosas estupendas, ¿no? Coincidirás conmigo en eso.

—Bueno, sí. Las ha habido. Pero también ha habido cosas terribles.

—Porque no eran perfectas.

—Exacto.

—Bueno, tal vez hayan sido imperfectas, pero eso no quiere decir necesariamente que hayan sido terribles y una catástrofe. Simplemente, no han sido como esperábamos que fueran.

—Eso puede ser.

—¿En serio? Creo que es la primera vez en mucho tiempo que nos ponemos de acuerdo en algo.

—Es posible.

—Seamos justos. ¿Y si lo dejamos en tablas? ¿Qué tal si decimos que ha sido imperfecto y maravilloso? Eso implica que hay muchas cosas que se pueden mejorar sin anular el trabajo que hemos hecho y lo que hemos disfrutado.

—De acuerdo. Imperfecto y maravilloso suena bien.

—¡Qué bien! ¡Hemos llegado a un acuerdo! ¡Oye, qué bien te sienta la Navidad! Te noto más conciliador.

—No es la Navidad. Eres tú. Estás consiguiendo enamorarme.

—Fíjate, en mi vida lo habría pensado, pero tú a mí también.

—¡Oh! ¡Bésame!

—Ven acá p’acá.

Mi parte chunga y mi parte que me pasa la mano llegando a un acuerdo al evaluar un trabajo realizado.

La perfección no es otra cosa que ser justos con nosotros mismos.