Te lo tengo que decir

Hace años que no hablamos, pero tengo que decírtelo, no puedo guardármelo.

Por lo visto, no fui bastante para ti. Ni para ti tampoco, por cierto. No estuve a la altura. No fui lo suficientemente bueno. Y, por supuesto, la culpa de todo era mía por no ser mejor, por ser cómo era. Por ser tan tonto, tan inútil, tan serio, tan sensible, tan confiado, tan bueno, tan víctima, tan poca cosa, tan intenso, tan espiritual, tan cualquier cosa que se te pasara por la cabeza en el momento y que sirviera para humillarme. Por ser menos de lo que tú, ser perfecto e incuestionable, presumiblemente necesitabas, esperabas o creías merecer.

Ahora siento dolor al recordarlo, cuando pienso en cómo te permití que me hicieras sentir tan mal conmigo mismo. Dejé que me rasgaras el corazón, que te colaras dentro de mí con tus sentencias disfrazadas de opiniones y con tus espantosas apreciaciones plagadas de juicios. Lo que tú decías iba a misa. Yo sólo quería que me quisieras. Me pasaba los días y las noches sintiéndome responsable de todo lo que nos iba mal y pensaba una y otra vez en cómo cambiar para ser esa persona que tú querías que fuera. Sin éxito. Jamás lo conseguí, por más que anulara esas partes que no te gustaban.

Ahora siento dolor y rabia al recordarlo.

Hace años que no hablamos, pero tengo que decírtelo, no puedo guardármelo.

He recorrido un largo camino para llegar hasta aquí, para alcanzar la cima de esta montaña y comenzar a mirar mi vida con perspectiva. Veo que el poder que ostentabas y ejercías no procedía de ti, sino que fui yo quien lo puso en tus manos. Sin embargo, no pienso justificarte ni un segundo más. Puede que no fuera lo bastante bueno para ti. Pero, ¿sabes una cosa? Resulta que sí soy lo bastante bueno para mí.

Y, perdona que te lo diga así, cari, pero hoy por hoy mi opinión sobre mí me importa muchísimo más que tú.

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