Olga

No sé muy bien cómo empezar a escribirte. Es una chorrada, porque nunca he tenido que inventarme ninguna excusa para hablar contigo. Es como si pensara que después de tres años te molesto, tan tranquila que andarás tú por ahí. Me gustaría dejarte en paz, pero no puedo: se me hace imposible. No pongas esa cara. ¿No crees que eso demuestra cuánto te quiero?

A menudo me acuerdo de ti y pienso que te encantaría saber por dónde ando ahora. No, no me malinterpretes, no me he ido de Málaga; te hablo más a un nivel metafísico y espiritual. Harías como que te ríes de mí, como siempre hacías cuando te ponías ese disfraz de cínica que nunca llegué a creerme porque en el fondo eras una romántica y una sentimental y te ponías hipersensible en cuanto alguien te hablaba en serio, con la emoción en la mano. Siempre has sido muy sensible, cari, ni se te ocurra contradecirme en esto a estas alturas. Era uno de tus signos distintivos. Eso y, además, la ternura y esa intrínseca fe en el ser humano que tantos disgustos nos trajo a ambos. ¡Pero qué buenas disquisiciones nos dio! Sólo por eso merecían la pena aquellos tropiezos.

Pensarás que soy un tonto, pero ayer me puse a llorar a los cinco minutos de despertarme porque hace tres años que ya no estás. Sé que no es culpa tuya, pero te llamé cabrona por haberte marchado y me regañé enseguida: “No, Carlos, no la llames eso, que no puede defenderse”. Pero luego me respondí: “Pues si no puede defenderse que no se hubiera muerto, la muy cabrona”. Pues eso, querida, que en ocasiones la vida se presenta como una caca sin posibilidad de reinvención, pero la mayoría de las veces es pura fachada y aun en mis horas bajas te siento cerca de mí, sonriéndome por todo lo que estoy logrando y cogiéndome de la mano, como cuando vagábamos los dos medio borrachos por las calles del centro de Málaga buscando nuestro sitio. Qué tontería que buscáramos nuestro sitio, ¿verdad? ¡Si ya lo teníamos! Y no estaba nada mal: estar junto a ti fue una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en la vida.

Te echo de menos y echo en falta cada día nuestras conversaciones trascendentales, fueran en persona, por teléfono o por privados de Facebook. Acabo de echar un vistazo a algunas, ¿sabes? Me gusta hacerlo porque sin querer la gente me sesga el recuerdo que tengo de ti. Peleas de signo político aparte, he visto que a menudo nos decíamos que nos queríamos. Eso me hace sentir muy bien porque me recuerda que mientras estuve a tu lado me di cuenta de lo especial y de lo importante que eras. No te quiero ahora porque ya no estás: llevo queriéndote mucho tiempo. No es ninguna tontería esto que te estoy diciendo tal y como está la vida y como anda el patio. Significa que fui consciente de cuánto nos queríamos mientras vivías y que he disfrutado plenamente de ti y de esa amistad tan pura y tan fraternal que entre los dos construimos.

Ojalá estuvieras aquí. Habríamos seguido construyendo. Ahora tendríamos un palacio. Aunque no nos hiciera falta, sólo por fardar.

Siempre nos quedará aquella parada de autobús en la que más de una vez lloramos juntos de madrugada, que no es, en absoluto, moco de pavo.

Te quiero. Gracias por todo lo que me diste. Gracias por lo bello que me sigues dando.

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