No

No a tus manipulaciones. No a tus intentos de hacerme creer que soy yo el que tiene la culpa de todo lo que ocurre. No a tu tristeza, a esa mierda de tristeza de la que me haces entrega porque no puedes soportar tú mismo y de la que quieres que me haga responsable como si fuera mía. No es mía, es tuya, cógela y haz con ella lo que te dé la puta gana, pero ni se te ocurra hacerme creer que tengo que ocuparme de ella. No.

No a tus gritos, a tus insultos, a tus miradas cargadas de desprecio, a tu complejo de superioridad, a tus palabras de odio dirigidas injustamente hacia mí cuando te frustras. No a tu falta de tacto, a tu falta de contacto, a tu necesidad de pisarme para sentirte bien, a tu cobardía para mirarme a los ojos y ver quién soy y conocerme. No a tu falta de humildad, no a tu arrogancia, tu detestable arrogancia que repudio con todas mis fuerzas, que no soporto ya.

No a tu desilusión, a la pena que vas sembrando, al sufrimiento que me tiras a la cara, a que me culpes de todos tus males y problemas. No a tus exigencias, a tus juicios, a tus críticas descarnadas, despiadadas, porque nunca nadie está a la altura de lo que tú esperas y mucho menos yo. No a tu control, a tu cara de asco, tu puta cara de asco, a tu falta de escucha, a tu discurso de mierda lleno de opiniones sobre mí, sobre lo que hago, sobre mi vida, sobre mis amigos, sobre mi cuerpo, sobre mis aficiones, sobre mis gustos musicales, sobre mi manera de pensar. Métete tus opiniones por donde te quepan, gilipollas.

No a tu decepción, a tu fracaso, a tu miedo, a tu reino del terror que vas instaurando a cada paso, a tu menosprecio por el amor, por el afecto, por la bondad y por la sensibilidad. No a tus invasiones, a tus intentos de copar todo el espacio, a tu egoísmo. Ya estoy harto de que te quedes con la mejor parte de todo y por eso te digo que no, que no me da la gana, que esto ya se ha acabado, que te vayas a la mierda. Y si tienes amigos como tú que se vayan a la mierda también.

No. Es una palabra sencilla, ¿verdad? Pues apréndetela bien, porque creo que a partir de ahora la vas a escuchar mucho de mi boca. Por todas esas ocasiones anteriores en las que debí decirla pero me callé, me mordí la lengua, los labios, las encías, los dientes, la garganta. El corazón.

Ya estoy harto de morderme. Ahora sólo quiero acariciarme. Para variar. Y protegerme y defenderme de ti.

Recuperar mi luz.

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Y esperanza

—Todo va a salir mal. Todo va a ir fatal. Todo va a ser terrible. No lo intentes. No te propongas nada. Mejor sigue así, tal y como estás. Mejor quédate tal cual. No hagas nada. No te muevas. Total, ¿para qué? ¿Para qué intentar llevar a cabo eso que tanto te apetece? ¿Qué sentido tiene llamar a esa puerta? Seguro que te van a decir que no. Seguro que te van a rechazar. ¿Cómo van a decir que sí? ¿Cómo te van a dar esa oportunidad que andas buscando? ¿Cómo se te ocurre? ¿Quién te crees que eres? Tú no eres nadie. No intentes ser nadie. Sé lo que yo quiero que seas: un niño asustado en un rincón que se niega a salir de él y a descubrir el mundo. El mundo es peligroso. Tú no estás hecho para la aventura. Te va a ir muy mal. No estás a la altura de lo que se exige de ti.

—Ya está bien —le respondí a esa maldita voz más firme y más en mí que nunca—. Ya está bien. Estoy cansado de escucharte, de hacerte caso, de permitir que me desinfles. Estoy harto de tener miedo a ilusionarme, a intentarlo, a buscar, a recrearme, a descubrir, a arriesgar, a ver qué pasa si hago esto o aquello, a probar, a encontrar, a equivocarme, a cambiar. He tomado una decisión y vas a tener que joderte. A partir de ahora, justo desde este instante, voy a regirme por los principios de la esperanza. ¿No sabes qué es la esperanza? Es creer que lo que deseamos puede ser posible. Entérate, querida, POSIBLE. ¿Y sabes por qué voy a escucharla a ella y no a ti? Pues porque me lo merezco, porque merezco tener posibilidades, ilusionarme, intentarlo, buscar, recrearme, descubrir, arriesgar, ver qué pasa si hago esto o aquello, probar, encontrar, equivocarme, cambiar. Me merezco todas esas cosas y no voy a quedarme en un puto rincón atemorizado y escuchando tus mentiras sólo porque a ti te convenga y te complazca. ¿Alguna objeción?

—No, claro que no.

—Ah, bueno. Creía.