Esto es lo que hay

Fue un día de julio como otro cualquiera, no tenía nada de especial, pero me sorprendí a mí mismo descubriendo que sentía una vergüenza enorme, descomunal, inconmensurable. “¿Cómo es posible?”, me pregunté lleno de estupor, aunque conocía de sobra la respuesta. Sin embargo, me pilló por sorpresa. Había reflexionado bastante sobre la tristeza, sobre la rabia, sobre el miedo y acerca de la desconfianza pero me había dejado atrás a esa compañera infatigable que, tan solícita como el resto, no se separaba de mí.

De repente me di cuenta de que sentía mucha vergüenza de mí mismo, de mi cuerpo, de mis ojos caídos, de mi boca torcida, de mis orejas, de mi nariz llena de pecas, de mi cuello, de mis brazos, de mi torso, de mis hombros, de mi ombligo, de mi espalda, de mi culo, de mi polla, de mis piernas, de mis pies, de mis manos, de mis codos, de mis labios, de mi cabello, de mis dedos, de mis lunares, del vello que se salpicaba aquí allá… de mi cuerpo en conjunto y estudiado de manera fragmentada. Y también me di de bruces con que sentía vergüenza de ser bondadoso, de ser generoso, de pensar maldades, de querer quedarme con lo mejor a veces, de ser amable, de ser simpático, de tener un mal día y poner mala cara, de ser divertido y hacer bromas, de escuchar y de no coger el teléfono cuando no me apetecía, de las cosas que me gustaban, de las cosas que no me gustaban, de mi tono de voz, de mi risa, de mi forma de llorar, de la manera en que caminaba, de mi mirada, de mi tacto, de mi modo de sentir placer por las cosas y por las personas, de mi necesidad de querer a alguien y de que me quisieran, de mis aficiones, de mi amor por la música y la lectura, de mi alergia a las películas de miedo. Una lista interminable en la que la vergüenza acampaba a sus anchas y me señalaba que debía sentir pudor por ser cómo era. Incluso me daban vergüenza las cosas aparentemente buenas como ser escritor, estar estudiando una nueva carrera en la Universidad, sacar buenas notas, desplegar ocurrencias y mi sentido del humor (que hacían las delicias de muchos) o tonterías como que se me daba bien aprenderme las letras de las canciones. Eran detalles nimios, elementos pequeños y hasta banales, que tratados de manera aislada no poseían valor alguno y podían tacharse de insignificantes. Pero aquel día, un día de julio como otro cualquiera que no tenía nada de especial, adquirieron una nueva dimensión. Todos esos pequeños destellos que a menudo pasaban desapercibidos se unieron súbitamente para conformar una luz cegadora.

“¿De dónde viene tanta vergüenza? ¿Cómo es posible?”, volví a preguntarme, aunque conocía de sobra la respuesta. Es relativamente sencillo hacer que alguien se sienta orgulloso de lo que hace, de lo que siente o de lo que es. Basta con mostrarle admiración, reconocerle, aprobarle, mirarle, sonreírle, entregarle unas palabras de apoyo. Respetarle por ser quien es. También es sumamente fácil lograr que alguien sienta vergüenza de lo que hace, de lo que siente o de lo que es. Basta con suprimir todo lo anterior y sustituirlo por críticas, desprecio, humillación y maltrato. Basta con machacarle, con decirle que tampoco es para tanto, que no es tan importante ni tan especial lo que hace, lo que siente o lo que es. Basta con usar las palabras malo, feo y tonto, tan traídas y llevadas en la educación que les damos a los niños. Basta con hacerle dudar, no respetarle y pegarle un buen puñetazo allí donde reside el amor propio.

Ya estoy harto de avergonzarme de mí mismo. Basta, basta ya. Quizás ha llegado la hora de desinhibirse, de mandar a la mierda la vergüenza, de atreverse, de probar sabores, de despojarse del bañador en una playa abarrotada de gente, de abrir todas esas puertas y ventanas que algún día se cerraron, de ser espontáneo y lanzarse al mundo y a todas esas situaciones que al final conforman una vida con la frase “esto es lo que hay” por delante. PORQUE ESTO ES LO QUE HAY. Y pocas cosas existen tan bellas como la autenticidad descarnada de quienes osan exponerse tal y como son. Sin ambages, sin artificios. Sin miedo.

Sin vergüenza.