Aire

Los seres vivos necesitan respirar para vivir. Esto es algo básico que al parecer todos podemos afirmar sin dudas. Ahora bien, hay modos y modos de respirar. Es curioso, porque casi nunca pensamos en este acto tan automático, tan interiorizado, tan inconsciente, y tendemos a asumir que lo hacemos estupendamente bien sin reparar en que tal vez no lo aprendimos como es debido y en que posiblemente estemos reproduciendo y asentando vicios y costumbres insanas.

Por ejemplo, yo me he dado cuenta de que no respiro. Es decir, lo hago, porque de lo contrario estaría muerto, pero no con la plenitud y la naturalidad con la que los animales, las plantas y algunos seres humanos lo hacen. Mi rutina respiratoria se compone de inhalaciones y exhalaciones entrecortadas y poco profundas en las que apenas logro tomar la parte de aire indispensable para sobrevivir. Así soy yo: habiendo tanto aire en el mundo al alcance de mis fosas nasales, decido inconscientemente tomar lo mínimo, no más, no vaya a ser que a alguien le turbe o le siente mal. Nunca la expresión aquella que hace referencia a ni respirar para no molestar tuvo tantísimo sentido. ¿Para qué tomar lo que me corresponde por derecho? ¿Para qué hacerme con aquello que me pertenece? Así que no respiro, no tomo mi aire, no me hago con lo que es mío.

Daría lo mismo que el aire del mundo fuese limpio y puro; yo me niego a mí mismo respirarlo y me abandono a una asfixia permanente que se dilata en el tiempo, a un ahogamiento sinuoso tan mortal como cualquier otro. Las respiraciones entrecortadas a las que me entrego poseen la dolorosa facultad de desconectarme de lo que soy y de donde estoy, de mi cuerpo y de lo que me sucede en cada instante. Contengo la respiración constantemente y así no siento lo que me está ocurriendo, no habito los dolores y los sinsabores de mi cuerpo, no pienso en el sufrimiento que alguna vez me tocó en desgracia. Contengo la respiración y no siento la ira que me invade ni los suspiros de tristeza que se me anquilosan en el pecho y en la garganta. Contengo la respiración y no experimento la relevancia de los suspiros de desdicha y de tristeza que provienen de los lamentos ante lo insoportable. Sin embargo, con ello, también evito la parte amable de la vida. Contengo la respiración y no me entero de los placeres ni de las alegrías. Contengo la respiración y paso por alto los instantes de felicidad y no permito que las luces me afecten. Porque no respirar es anestesiarse para que nada haga mella; es aquello a lo que ya he aludido tantas veces: estar sin estar, hacer las veces de autómata, fingir que todo va bien cuando es mentira, llevar a trámite una farsa en la que tú no eres tú sino otra persona que parece que respira, pero que, en realidad, está un poco adormecida o muerta por dentro.

Así que se trata de volver a donde todo comenzó para interiorizar una nueva forma de respirar. Tomar aire con profundidad haciendo que se hinche el abdomen. Soltarlo lentamente creando una pequeña brisa en el cielo de la boca. Devolver el viento a todos y cada uno de los rincones de mi cuerpo para que se renueven y se deshagan del hedor de lo putrefacto. Oxigenar los sentidos y anclarlos al ahora. Refrescar el cerebro para que entienda que todo ha cambiado y que es momento de abandonar la supervivencia para, sencillamente, vivir como cualquier otro ser. Abrir las ventanas del corazón para que despierte muy despacio y sonría con cara de dormido sabiéndose a salvo.

Respirar, por fin, el envolvente aroma del mar sin temor a que el barco naufrague.

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