Silencio (no más)

Recuerdo una ocasión en que una compañera del colegio me formuló una de esas preguntas morbosas que a menudo realizan los niños sin percatarse del verdadero significado que contienen. “Si tuvieras que perder un sentido y pudieras elegir, ¿preferirías quedarte ciego, mudo o sordo?”. Yo la miré con toda la naturalidad del mundo, como si me lanzaran preguntas como aquella todos los días. Al cabo de medio segundo ya había elaborado mi respuesta. Ni siquiera lo pensé, que es como más nítidamente se revela la realidad descarnada. “Me quedaría mudo”, contesté, e incluso justifiqué mi elección aduciendo que en mi opinión era, de los tres, el sentido menos necesario para sobrevivir.

En aquellos entonces yo no lo sabía, no podía saberlo, pero ya estaba mudo. Ciertamente, podía hablar. Las palabras se escapaban de mi boca alegre y fluidamente. Las sílabas eran pronunciadas despreocupadamente por mi aparato fonador y un ruido fácilmente identificable se escapaba de mi boca y reverberaba dentro y fuera de mi cabeza. Ejecutaba a la perfección el acto de hablar; y, sin embargo, yo estaba completamente mudo.

El silencio es un compañero infatigable que se instala en tu vida de manera paulatina, sin que te des cuenta. Él decide de qué y de quién debes hablar y, por el contrario, sobre qué y sobre quién has de callar. Se trata de esos pequeños y escurridizos espacios en blanco en los que se adivina que algo (algo importante, claro) se está ocultando detrás de una densa tela opaca. El silencio entierra recuerdos, sucesos, historias. Con cada entierro insufla las oportunas dosis de vergüenza en la persona presa del mutismo, como si lo callado fuera culpa nuestra, como si una marmórea losa de responsabilidad cayera sobre nuestra espalda. Cada elemento no dicho aterriza en alguna de las olvidadas esquinas de nuestro cuerpo y se clava como un aguijón punzante, un aguijón cubierto de veneno que termina extendiéndose hasta asfixiar el último recodo de cordura. El silencio, el aparentemente inofensivo silencio, que no estorba, que no compromete, que no se hace notar, es probablemente una sigilosa forma de morir en vida: aquello de lo que no se habla no existe y la ausencia de lo que no se explicita amarga, consume, enferma, hace bola a la altura de la garganta y no se mueve por mucho que uno se esfuerce en tragar.

Yo lo sé muy bien porque aunque entonces, cuando me formularon la pregunta, no tenía conciencia de ello, no podía tenerla, ya estaba mudo. Los siseos constantes mediante los cuales me mandaban a callar acabaron conformando una mano invisible pero perfectamente funcional que se atenazó a mi cuello y apretaba las cuerdas vocales según conviniera dejar escapar palabras de normalidad o ahogar aquellas que descubrían la verdad en el grito sordo de mi dolor. Habría querido pedir auxilio, habría querido llorar, habría querido gritar de rabia y habría querido expresar un no tajante y rotundo muchas veces, posiblemente demasiadas. Definitivamente no lo pensé, no medité correctamente la respuesta a aquella cuestión infantil. Ahora que por fin estoy recuperando mi voz, que por fin puedo explicitar lo no dicho, que rescato el reguero de palabras que fueron sofocadas a la fuerza, siento cómo el aparentemente calmo mar que llevaba por cara se salpica de rasguños y se vuelve contumaz y que la vida vuelve a fluir, por fin, en mis labios.

El silencio mata. Hablar resucita. Yo he muerto mil veces. Y ahora no consentiré que me vuelvan a hacer callar.