Yo antes

Yo antes era bueno, muy bueno, extremadamente bueno. Demasiado bueno en cualquier caso. Todos los adultos lo reseñaban a mi alrededor. “Hay que ver lo bueno que es este niño. ¡Pero qué niño más noble, qué maravilla, no da un ruido! Este chico es buenísimo. Este chico es un primor”.

Lo era. Por la sencilla razón de que me ajustaba perfectamente a lo que los adultos esperaban de mí. Llevaba a cabo mis obligaciones con una rutina tan espartana como silenciosa. Nunca me quejaba. Ni siquiera cuando me gritaban o me insultaban o cuando se reían de mí. Ni siquiera me atrevía a poner una mala cara.

Siempre hacía lo que los demás querían que hiciese. Daba igual de qué se tratase: ¿qué quieres comer? ¿Te apetece ir a la panadería? ¿Por qué no vas y me traes aquello de allí, que no tengo ganas de moverme? ¿Qué película quieres que veamos en el cine? ¿Y si te despierto a las cinco de la mañana porque me apetece hablar? ¿Me haces los deberes? ¿Vamos a aquel bar que tan poco te gusta? ¿Vienes a recogerme al aeropuerto? ¿Te estoy aburriendo con este discurso repetitivo hasta la náusea que te estoy contando? ¿Qué tal si me solucionas tú este problema? ¿Y si te responsabilizas de todas las putas mierdas de mi vida mientras yo me dedico a tocar las castañuelas? ¿Me haces un favor? La respuesta a todas las preguntas siempre era la misma: me da igual, lo que tú quieras.

Crecí, cumplí muchos años, pero nunca dejé de ser ese niño tan bueno, tan excesivamente noble que jamás decía una palabra más alta que otra. Fui un títere, una marioneta que sonreía a todas las personas que se cruzaban en su camino. Incluso las que caminaban por la calle. Parecía un animador de tiempo libre. Todo era una fiesta, todo estaba bien, todo era estupendo y yo nunca necesitaba nada. “Me da igual, lo que tú quieras”. Y tragaba.

Pero eso era antes.

Ahora no siempre sonrío a la gente con la que me cruzo y pongo malas caras a las personas que se meten donde no las llaman. Simplemente, he decidido que no tengo por qué ser amable con todo el mundo todo el tiempo. Río únicamente los chistes que me hacen gracia. A menudo expreso lo que pienso, incluso cuando sé que va a disgustar a mis interlocutores, que esperan que les dé cera o que les otorgue la razón. Pienso en lo que me apetece comer, lo que me gustaría ver en el cine, los bares y los planes que me atraen y elijo las personas con las que me parece oportuno estar en cada momento. Hago muy pocos favores, sólo los que verdaderamente me salen de dentro, y cada día me atengo menos a esos compromisos sociales que antes me empeñaba en cumplir “porque no vaya a ser que le siente mal a alguien que no vaya o que no lo haga”. También he dejado de almacenar la mierda de los demás, algo que ha causado cierto revuelo en esas personas tan acostumbradas a que yo les hicieras las veces de váter público, y he comenzado a entregar responsabilidades y ocuparme de lo que realmente me concierne a mí. Me importa muy poco lo que la mayoría de las personas piensen de todo esto, tanto si les gusta mi nueva manera de ver las cosas como si no. “Qué susceptible estás, qué barbaridad. Cómo has cambiado. Ya no eres el de antes. ¿Qué te está pasando? No se puede hablar contigo. Hay que ver cómo te has vuelto”. Traducción: continúa siendo el mismo de antes para que podamos seguir manipulándote y diciéndote a cambio lo buenísimo que eres.

Antes era un niño bueno. Ahora soy un hombre y yo decido cómo hago las cosas porque es mi vida y ya está bien de concederle el derecho a mangonearla a cualquiera.

Antes era bueno. Ahora soy yo y no esa otra persona que tenía que fingir que era para que me quisieran. Es posible que muchos no me quieran ya, pero me da lo mismo: ahora me quiero yo.

Antes era bueno. Ahora soy mejor.