Huir de la tristeza

Huir de la tristeza. Parece algo saludable. El mundo está lleno de consejos sobre ello. Todo a mi alrededor suena de un modo muy similar. No estés triste. No llores. No derrames ni una lágrima. No merece la pena derrumbarse por eso. Lucha contra ello. No te hundas. Sigue adelante. Piensa en otra cosa. Vamos, venga. No te demores. Pasa página. A otra cosa, mariposa. Es como si llorar fuera algo malo. En cuanto observamos que alguien se encuentra un poco taciturno, enseguida nos ponemos nerviosos y le conminamos, casi exigimos, que sonría, que se alegre. No soportamos el dolor ajeno porque somos incapaces de soportar el propio y lo que hacemos con otras personas es lo que terminamos haciendo con nosotros mismos. Censuramos la pesadumbre ajena porque censuramos la propia. Por ejemplo, en mi caso, estos son los mensajes que yo mismo me doy continuamente.

Pero hay una parte de mí que pugna por salir a la superficie, que desea imponerse a esta contención impostada, en absoluto natural. Se trata de la parte afligida, que se desgarra, que llama a mi puerta con una petición en la mano: que la deje existir y que me atreva a entregarme a la tristeza, a esa tristeza inexpugnable y profunda que otrora me tocó experimentar pero que bloqueé aquí, a la altura de la frente, para que no escapara, para que no se manifestara, para no incomodar, para que no me rechazaran, para que no me miraran mal, para no verme a mí mismo en tan incómodas condiciones.

La encerré en una habitación alejada aferrado a la torpe convicción de que obviándola terminaría por desaparecer y por diluirse en las rutinas del día a día. He bloqueado tantísimo esa tristeza que incluso he llegado a creer firmemente que se trata de algo malo. Las creencias son algo extraño, pueden llegar a condicionar la vida de un modo muy poderoso. En las raras ocasiones en las que un destello de dolor escapa de la censura para posarse sobre mi conciencia, yo mismo internamente me miro con desdén y me reprocho estar así. “No llores”, me digo, “no sirve de nada llorar. Mejor pasa de esto y ponte a hacer otras cosas”. Este es el mensaje, ¿verdad? Después de todo, ¿de qué sirve estar triste?

Estar triste sirve para mucho. Estar triste tiene la utilidad de colocarnos ante un gran espejo en el cual vernos. Tras muchas luchas inútiles, empiezo a divisar la inevitable verdad: el que llora también soy yo. Ha llegado el momento de dejar de despreciar mis lágrimas, de dejar de abandonarme, de sentarme conmigo mismo a acompañarme, de escuchar lo que este sentimiento desgarrado de aquí dentro tiene que decir, de consolarme, de hacerme caso, de otorgar un espacio a ese dolor y de dejar de sentir vergüenza. No es vergonzoso sentir tristeza. Lo vergonzoso es censurarse constantemente porque una vez alguien nos dijo que esa parte de nosotros era fea. Pues mira, no: resulta que cuando estoy triste también soy estupendo, que también ahí se encuentra la belleza.

Ha llegado el momento de dejar de huir.

Huir de la tristeza. Parece algo saludable. Pero no lo es. Porque si me pierdo a mí mismo lo pierdo todo.

Anuncios

3 comentarios en “Huir de la tristeza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s