Mudanzas

Una reja negra me separaba de la casa.

Sólo unos segundos antes caminaba por la calle. Hacía uno de esos días de primavera en los que el sol se convierte en un buen compañero. Estaba buscando algo con la mirada, aunque no sabía muy bien qué. Podría decirse que mis ojos sentían la necesidad de posarse en algún enclave singular, de significado especial, pero no lograban hallar el punto exacto en el que detenerse, ese algo que les atrapara. Buscaba un lugar. Buscaba mi sitio.

Entonces apareció la casa a mi derecha.

Era blanca, reluciente. No era señorial ni majestuosa, pero tenía un aire de grandeza y dignidad imposible de eludir. A su alrededor se arremolinaba un jardín modesto y bien aprovechado. Flores de distintos colores se salpicaban aquí y allá, distribuidas de manera cuidadosa y armónica. Rojo, violeta y amarillo sobre un fondo verde. En una esquina una piscina mediana robaba destellos al sol. No había nada que chirriara en aquella imagen: ni mangueras tiradas en el suelo de cualquier modo, ni muebles horteras de plástico, ni pelotas de goma desvaídas, ni convencionales vestigios de una vida mediocre. Nada que pudiera empañar la grandeza de una casa que no había visto antes aunque había pasado por allí en cientos de ocasiones. Una casa que no parecía de la ciudad, cuya compostura resultaba totalmente inapropiada en relación con las edificaciones colindantes.

No lo dudé ni por un instante. Aquella casa debía ser mía. Me esperaba. Y sin embargo una verja negra, tan brillante que parecía recién pintada, me impedía acceder a ella. Una barrera compuesta de acabados de hierro que se enredaban sobre sí mismos y que apenas permitían que mis manos se introdujeran levemente y rozaran en el aire aquella imagen inalcanzable.

Fue justo en aquel preciso instante cuando me percaté de que aquella casa era el mundo y la extensión sobre la que yo me encontraba la cárcel en la que a menudo me he movido. Una celda enorme cuya puerta de salida, por fin, se erigía ante mí.

Aquella casa me pertenecía. Ya era mía. Siempre lo había sido.

Conduje la mano derecha hasta el bolsillo de la camisa y mis dedos rescataron una llave. Un segundo antes no albergaba la menor idea de que descansara allí, pero así era. La introduje en la cerradura con naturalidad, mediante un gesto instintivo, grabado a fuego dentro de mí.

La verja se abrió sin resistencia. Sonreí y caminé unos pasos.

Mi cuerpo, la expresión de mi rostro, mi sonrisa, mi ser… Todo yo encajaba muy bien en el marco de aquella grandeza.

Mis ojos se colmaron de vida.

Y ahora ésta es la casa en la que habito.