Que me vendo

Hace mucho, mucho, mucho, mucho, mucho tiempo yo era un niño asustado.

Pero ahora… ahora ya no soy un niño. Ahora soy un hombre.

Ahora soy un hombre asustado.

Soy todo lo que se supone que un hombre no debe ser.

Soy tierno, frágil y sensible.

Y no pienso pedir disculpas por ello ni una sola vez más.

No me lío a puñetazos, pero tengo mis propias maneras de defenderme. La verdad es que ahora mismo no me va nada mal.

No voy a avergonzarme de mí mismo. Esto es lo que hay. Seguiré siendo tierno, frágil y sensible te parezca lo que te parezca.

Y, aparte de eso, seré muchas, muchísimas cosas más. Algunas incluso un poco oscuras.

Lo que queda por explorar. Dejar salir la luz. Y la sombra. Todo va en el mismo paquete.

Tengo miedo. Pero no soy un cobarde.

¿O acaso un cobarde le pediría un baile a la Emoción?

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Con todas las consecuencias

Me comprometo a depositar mi atención, toda la atención, en lo que ocurre en mi entorno; a poner la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto al servicio de las sensaciones que el mundo dispuesto a mi alrededor pueda ofrecerme.

Me comprometo a ponerme en juego con lo que haya en cada momento, a dejar de pelearme conmigo mismo por ser quien soy, a no exigirme ser alguien distinto, a no hacer cosas que realmente no quiero hacer. Me comprometo a respetarme y a respetar a las y a los demás. A hacer sólo lo que me corresponde hacer, ni un ápice más.

Me comprometo a emocionarme, a dejarme llevar, a entregarme, a ser vulnerable, a amar, a fluir, a experimentar sin juicios, a arrebatarle el poder a la vergüenza y al control, a permitir que las lágrimas rueden en lugar de contenerlas tras mis ojos, sean de rabia, tristeza, alegría o amor. Qué más da.

Me comprometo a darlo todo, a explorar mi potencial, a no rendirme, a no dejarme amilanar, a usar el poder del que dispongo, a vivir lo que soy capaz de hacer y de ser como un regalo, a no quedarme con nada, a compartirlo absolutamente todo. Hasta la última gota.

Me comprometo a apreciar la belleza y a valorarla, a gritarla allá por donde vaya. Tanto la belleza que pueda encontrar en mis paseos por el mundo como aquella que pueda hallar en mí mismo y en las personas que me rodean. Esa belleza que a menudo queda sepultada por pensamientos recurrentes, por preocupaciones tontas, por miedos absurdos. Me comprometo a desenterrarla y a admirarla con inocencia e ingenuidad.

Me comprometo a estar presente y a vivir plenamente. A ser impecable. Con todas las consecuencias.