Orgullo

Cuando era pequeño me llamaban “maricón”.

Nadie parecía darle importancia. Incluso cuando lo cuento ahora la gente suele quitarle hierro al asunto. Qué más da. Los niños son crueles. Los niños siempre buscan la forma de meterse unos con los otros. Eso fue hace mucho tiempo. No te lo tomes tan mal. Era otra época. Es sólo un insulto. Hay canciones, anuncios, series, películas, libros y chistes que dicen esa palabra continuamente. No es tan grave. No es para tanto.

Quiero decir una par de cositas.

Cuando era pequeño me llamaban “maricón” y eso me convirtió en un niño triste, inseguro e infeliz. Cuando era pequeño me llamaban “maricón” y me pegaban, y eso me llevó a ser un adolescente temeroso, con baja autoestima y desconfiado. Cuando era pequeño me llamaban “maricón”, me pegaban y se reían de mí y eso me ha transformado en un adulto que lleva toda la vida sintiendo vergüenza de sí mismo, vergüenza por ser cómo es.

Basta ya.

No tenéis derecho, ninguno de vosotros, a etiquetarme, a juzgarme, a bromear sobre mí, a insultarme, a pegarme, a menospreciarme. No tenéis ningún derecho a marcar mi vida ni la de nadie con vuestra idea sobre lo que está bien o lo que está mal. No tenéis ningún derecho a creer que estáis por encima de mí porque me atraigan los hombres. No tenéis ningún derecho a influir sobre mí, a desestabilizarme, a amargarme, a despreciarme, a ahogarme, a atosigarme, a ningunearme, a diseccionarme, a criticar mi pluma y mi feminidad, a mirarme por encima del hombro. Me da igual cómo lo hagáis. Me da lo mismo que no peguéis a los “maricones” y a las “bolleras” por la calle, que sólo hagáis bromas y comentarios jocosos para sentiros mejor, que únicamente opinéis que no podemos adoptar, que sólo digáis que es mejor que no nos demos afecto en público o que en vuestro fuero interno penséis que estamos locos o que tenemos una enfermedad pero que de cara a la galería sonriáis. No tenéis ningún derecho a lanzarme vuestra mierda y quedaros tan tranquilos después, como si no pasara nada. Sí que pasa. Sí es grave. Sí es para tanto. No sois nadie para decidir sobre mi vida ni sobre lo que hago. No soy vuestro puto chiste ni vuestra puta marioneta.

No tenéis ningún derecho a hacerme sentir vergüenza de mí mismo, de la imagen que veo en el espejo, de mi voz, de mis gestos, de mis deseos, del amor que siento por mi novio, del amor que siento por mí mismo. Ningún derecho. Ninguno.

Cuando era pequeño me llamaban “maricón”, me pegaban y se reían de mí. Entonces lloraba, me escondía, me castigaba y sólo pensaba en ser alguien distinto y en morirme. Me quería morir. No tenéis ningún derecho a hacer que nadie quiera morirse.

Afortunadamente, estoy aquí. Vivo. Y, ahora, a mis 34 años estoy orgulloso de mí. No voy a avergonzarme nunca más de ser quien soy. Le pese a quien le pese, no pienso renunciar ni a un ápice de mí. Soy lo que soy. Porque lo importante no es que vosotros creáis que yo soy un “maricón”. Lo importante es que yo soy feliz y mi felicidad no depende de lo que seáis o dejéis de ser vosotros ni de lo que creáis que debo ser yo.

Mi felicidad depende única y exclusivamente de mí. Y no vais a quitarme eso.

Feliz Orgullo.