El jarrón

Recuerdo un jarrón.

No tenía nada de especial. Es más, era incluso feo. Era un jarrón blanco, aunque el color se hallaba profundamente desvaído y sin brillo. Poseía algunos relieves que se presentaban gastados por el paso del tiempo y por las ocasiones en las que, en medio de las peleas y las discusiones tan frecuentes en casa de mis padres, había sido zarandeado o lanzado contra la pared. Sorprendentemente, el jarrón había sobrevivido, aunque los efectos de los temporales habían causado estragos en su superficie, agrietada en zonas concretas. Algunos pedazos se habían desprendido. Así y todo, descansaba orgullosamente sobre un precioso aparador de madera bastante grande que se arrinconaba, como asustado, contra la pared del salón y bajo un enorme espejo. El jarrón simplemente reposaba allí, expuesto a lo que pudiera suceder. Y, verdaderamente, podían sucederle una enorme cantidad de cosas. Podríamos decir que estaba a la intemperie.

Recuerdo el jarrón y no otros elementos que allí había con gran claridad. Yo era un niño y miraba aquel jarrón viejo que nadie parecía querer porque para mí tenía una utilidad muy definida a la que llegué mediante mis observaciones y mis inteligentes conclusiones de superviviente. Nadie prestaba atención a aquel elemento, tan viejo, tan roto, tan desahuciado, pues todo el mundo sabía que tarde o temprano terminaría destrozado, estrellado contra algo o alguien. De modo que decidí que era el mejor escondite para mis pequeños objetos de valor, aquellos que me arrebataban mis hermanos o desaparecían misteriosamente sin dejar rastro. Durante mucho tiempo aquel jarrón, que si la memoria no me falla nunca tuvo flores, almacenó las monedas que no podía guardar en otro sitio sin que me las robaran y otros objetos que no quería que nadie encontrara. Era mi caja fuerte privada. Funcionaba: nadie miraba allí dentro. Cómo iba a contener algo valioso con lo feo, ajado y frágil que parecía. Pero lo contenía, aunque casi nadie se tomaba la molestia de asomarse a su interior.

Han pasado muchos años desde aquello. No sé qué fue finalmente del jarrón. Sospecho que las predicciones se cumplieron y que se acabó rompiendo en el transcurso de alguna batalla para terminar dando con sus añicos en el cubo de la basura. Sin embargo, me he dado cuenta de que yo he sido aquel jarrón y que durante mucho tiempo, seguramente demasiado, me he comportado como si yo no tuviera ningún valor, guardándome muy dentro de mí mi auténtico valor, las cosas formidables que soy y siento. De alguna manera, ha sido mi estrategia: fingir que era débil, frágil y poco valioso para que no me arrebataran lo mejor de mí. Hay quien desempeña el papel de fiero y saca los dientes para defenderse. Otros, sencillamente, nos adaptamos lo mejor que sabemos y tratamos de pasar desapercibidos porque destacar, de cualquier modo, puede ser nuestro fin.

Hoy siento que ya no quiero esconder lo mejor de mí, ni nada realmente. No soy tan débil, ni tan frágil, ni soy inservible, ni feo, ni estoy roto y avergonzado, ni carezco de valor. Más bien al contrario: soy fuerte, resistente, digno de admiración, soy bello, estoy entero y soy atrevido y tengo mucho, muchísimo valor.

Por eso ahora quiero romper aquel jarrón y dejar al descubierto, a la vista de todos, lo que hay dentro de mí. Ahora voy a ser esa otra persona que va a por todas, que en lugar de colocarse por debajo se coloca donde le corresponde, que en vez de despreciarse se valora, que se pone en juego con todas las consecuencias, que ya no se victimiza y que se mueve por la vida consciente de su belleza, de sus posibilidades y de quien es en realidad.

Ahora quiero brillar.

Cuidado, que deslumbro.