Lo que fui capaz de hacer para que me quisieran

Yo sólo quería que me quisieran.

Hace muchos, muchos, años emprendí, sin saberlo una heroíca hazaña: encontrar el amor. Yo no tenía ni idea de que me había embarcado en aquella aventura, no me percaté de que la había elegido hasta mucho más tarde. No puedo calificarla de bonita, ni alentadora, por muy romántico que suene; más bien al contrario. Me encontraba triste y desolado. Estaba desesperado.

Yo sólo quería que me quisieran. Pero pensaba que era imposible que alguien me quisiera.

Y como era imposible que alguien pudiera quererme tal y como era yo, creí conveniente hacer un trabajo extra para lograr esa suerte de “trofeo” del amor que tanto ansiaba. Así, comencé por anular las partes de mí que creía que la otra persona podía rechazar. Dejé de expresar mis verdaderos sentimientos y emociones, dejé de hablar de las cosas que me gustaban y me interesaban, dejé de desear y de respetar mis necesidades: yo nunca quería ni necesitaba nada, siempre estaba bien. Me reí de las bromas, mofas y burlas que hicieron sobre mí (aunque en mi fuero interno me dolieran), permití que me invadieran, fingí una adoración insana por los otros y llevé a cabo actos en contra de mi voluntad autoconvenciéndome de que era lo mejor. Fui en contra de mí mismo e incluso me humillé. Llegué a castigarme y a exponerme al sufrimiento de una manera continua sólo por un motivo: que entre todo aquel marasmo una pequeña pizca de amor, por diminuta que fuera, atravesara el tumulto hasta acariciarme y hacerme sentir durante un instante querido, aprobado, deseado, aceptado. Amado.

Es increíble las cosas que pude llegar a hacer para que me quisieran.

Durante años me he avergonzado de mí mismo por todo lo que fui capaz de hacer y me he juzgado, castigado e insultado, una vez más, por haberme colocado en aquella posición: tan pequeño, tan frágil, tan vulnerable. Hoy vengo aquí a perdonarme, a respetar a mi yo del pasado y a aceptar públicamente lo que fui, que en suma es lo que también soy hoy. Soy pequeño, frágil y vulnerable; entre otras muchas cosas. Y un día estuve tan desesperado, tan necesitado, por conseguir que alguien me quisiera que me perdí a mí mismo y me sumergí en un inmenso dolor. Lo acepto. Lo comprendo. Me respeto y acojo con ternura aquella parte de mí en lugar de despreciarla, desdeñarla, maltratarla. No, ya no, basta ya. Hice lo que pude y lo hice lo mejor que pude. Y ya está. Sin más.

No sé si volverá a suceder en el futuro, nadie puede saberlo. Pero sí sé que no va a suceder ahora, en este momento. La razón es muy sencilla: ahora tengo algo de lo que antes carecía completamente. Ahora dispongo de todo mi amor.

No estaba fuera, sino dentro de mí, la persona que más iba a quererme de todas, de manera incondicional y tal cual soy.