#01 – 2017

Sólo quiero ser mi amigo.

Llevo demasiado tiempo peleándome conmigo, peleándome con otros que en realidad siempre son yo, batallando con otras personas a las que no veo, a las que no conozco, porque siempre son yo.

Estoy cansado. ¿Qué tal si hacemos las paces?

Sólo quiero ser mi amigo. Y, para variar, encontrarme conmigo en lugar de enfrentarme. Escucharme en vez de discutir. Mirarme y no reprocharme. Respetarme y no despreciarme.

¿De qué sirven tantas obligaciones, tantas imposiciones, tantos reproches, tantos y tantos castigos ocultos, velados, cuya responsabilidad pongo en otros pero que en realidad son autoinfligidos? Para qué sirve hacerme tanto daño pudiendo concederme la tranquilidad de ser yo, de estar conmigo, de aceptarme tal y como soy con lo que tengo, con lo que siento, con aquello de lo que dispongo, que no es poco. Por supuesto que no es poco. Abandonar la imagen idealizada de alguien que no soy y que probablemente no seré jamás para mirarme en ese espejo que hay justo delante de mí, que siempre está ahí, y descubrir quién soy ahora, ahora mismo, justo en este puto momento al que no presto atención, tan ocupado exigiéndome, reprobándome, peleándome, desacreditándome. Yo soy yo, yo soy yo y ya está bien de mirar hacia otra parte, de esconderme, de avergonzarme, de desalentarme.

Sólo quiero ser mi amigo y comprender de una vez por todas que no soy tan malo como me he hecho creer a mí mismo.

Sólo quiero ser mi amigo. Nada más.

Nada más.

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