#02 – 2017

A veces voy por ahí con una máscara.

Oh, no me compadezcas. Todos tenemos una máscara. Yo ya he visto la mía, ¿sabes? Está decorada con un montón de luces que distraen a la persona que mira de lo verdaderamente importante. Está muy bien diseñada, es muy amena a la vista, muy cuidada en los detalles, en los matices. Mi máscara cuenta además con un montón de cristales a través de los cuales otros pueden ver los reflejos de sus propias imágenes. Lo he hecho a propósito, pues uno de mis súperpoderes siempre ha sido convertirme en aquello que la otra persona quiera ver.

No puedo quejarme: la verdad es que ha sido muy eficaz. Mi máscara me ha permitido salir adelante con éxito y tengo que reconocer que, después de todo, no me ha ido tan mal. Ha sido necesaria y en algunos momentos de gran utilidad: no puedo negarlo.

Pero eso era antes.

Antes siempre iba por ahí con una máscara. Ahora sólo lo hago a veces. Sólo a veces, y sabiendo que la llevo puesta.

Sí, yo tengo una máscara. Forma parte de mí. No puedo deshacerme de ella así, a lo bruto, de la noche a la mañana. Sé que debajo estoy yo y ahora, al menos, puedo respirar. Me he dado cuenta de que lo grave no es ir por ahí con una máscara puesta sino hacerlo y creerme auténtico, convencerme de que esa máscara es mi auténtico yo.

A veces ya no voy por ahí con una máscara. A veces voy a cara descubierta. Y sólo puedo decir que es sensacional sentir el aire en cada centímetro de mi piel.

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