#10-2017

Yo no era infierno.

Vivía en él. No podía ser de otra manera. Los niños no eligen donde nacen. Yo tampoco elegí en qué casa crecer, en qué lugar aparecer de la nada. Emergí en un lugar dantesco, lleno de sombras.

Pero, aunque vivía en él, yo no era infierno.

Habría sido fácil mimetizarse, confundirse, dejarse llevar. Habría sido muy sencillo, en cualquier caso muchísimo más que cobijar mi pequeño corazón entre las dos manos y protegerlo.

Yo lo protegí.

Emergí en un lugar dantesco, lleno de sombras. Y también alguna luz.

No importa lo oscuro que estuviera, lo triste que pareciera o cuánto creyese que estaba sufriendo. La luz, ínfima, difusa, pequeña, resplandeciente, fue lo único que me mantuvo cuerdo. Habría sido fácil ignorarla, ante tanta oscuridad. Yo me aferré a ella.

Porque aquella luz no era infierno. Como yo.

Con ella iluminé mi corazón.

Se puede ganar una batalla contra la oscuridad sólo con un pequeño corazón y una luz diminuta. Se puede.

Incluso una guerra.

Incluso una guerra contra un infierno.

Se puede.

Sólo tuve que creer, mantenerme fiel a mí mismo, no rendirme del todo.

Hasta que llega un día como el de hoy en el que descubro que aquella pequeña luz se ha hecho enorme y ha inundado la vida. Mi vida. Una vida feliz.

Qué triste habría sido no creer en ella. Qué triste habría sido no creer en mí.

Menos mal que nunca llegué a apagarme del todo.

Menos mal que siempre me tuve.

Menos mal que escogí ser luz.

Yo no era infierno. Nunca lo he sido.

Yo era luz.

Yo soy luz.