#04 – 2017

Aparentar. Todo es aparentar.

Aparentar que no me va la música comercial. Aparentar que sólo veo los programas de televisión y las películas más cultas. Aparentar que me gusta la mejor comida y que tengo paladar para degustar la alta cocina y el buen vino. Aparentar que tengo estilo escogiendo la mejor ropa. Aparentar que leo literatura “de la buena”. Aparentar que me informo en los medios de comunicación “más serios”. Aparentar que mantengo las conversaciones más inteligentes. Aparentar que tengo las opiniones más impresionantes. Aparentar que soy masculino y que no soy femenino. Aparentar que soy estupendo, fantástico y maravilloso. Aparentar que soy el más guay, el más chuli, el más creativo, el más interesante.

Qué cansancio.

Puede que a partir de ahora me arriesgue a hacer, decir, escuchar, comer, leer, vestir, hablar y sentir lo que me dé la gana en cada momento, sin que todo esté tan elaborado, sin dar explicaciones, sin justificaciones. A lo mejor dejo de ser tan guay, tan chuli, tan creativo, tan interesante, tan coherente, tan historiado, tan responsable. Y qué más da.

Al final aparentar no es más que mentir por miedo a lo más difícil y lo más sencillo a la vez: ser yo mismo.

Y cuanto menos miedo tengo, más yo soy.

Y cuanto más tiempo pasa, más valiente me siento.

#02 – 2017

A veces voy por ahí con una máscara.

Oh, no me compadezcas. Todos tenemos una máscara. Yo ya he visto la mía, ¿sabes? Está decorada con un montón de luces que distraen a la persona que mira de lo verdaderamente importante. Está muy bien diseñada, es muy amena a la vista, muy cuidada en los detalles, en los matices. Mi máscara cuenta además con un montón de cristales a través de los cuales otros pueden ver los reflejos de sus propias imágenes. Lo he hecho a propósito, pues uno de mis súperpoderes siempre ha sido convertirme en aquello que la otra persona quiera ver.

No puedo quejarme: la verdad es que ha sido muy eficaz. Mi máscara me ha permitido salir adelante con éxito y tengo que reconocer que, después de todo, no me ha ido tan mal. Ha sido necesaria y en algunos momentos de gran utilidad: no puedo negarlo.

Pero eso era antes.

Antes siempre iba por ahí con una máscara. Ahora sólo lo hago a veces. Sólo a veces, y sabiendo que la llevo puesta.

Sí, yo tengo una máscara. Forma parte de mí. No puedo deshacerme de ella así, a lo bruto, de la noche a la mañana. Sé que debajo estoy yo y ahora, al menos, puedo respirar. Me he dado cuenta de que lo grave no es ir por ahí con una máscara puesta sino hacerlo y creerme auténtico, convencerme de que esa máscara es mi auténtico yo.

A veces ya no voy por ahí con una máscara. A veces voy a cara descubierta. Y sólo puedo decir que es sensacional sentir el aire en cada centímetro de mi piel.

#01 – 2017

Sólo quiero ser mi amigo.

Llevo demasiado tiempo peleándome conmigo, peleándome con otros que en realidad siempre son yo, batallando con otras personas a las que no veo, a las que no conozco, porque siempre son yo.

Estoy cansado. ¿Qué tal si hacemos las paces?

Sólo quiero ser mi amigo. Y, para variar, encontrarme conmigo en lugar de enfrentarme. Escucharme en vez de discutir. Mirarme y no reprocharme. Respetarme y no despreciarme.

¿De qué sirven tantas obligaciones, tantas imposiciones, tantos reproches, tantos y tantos castigos ocultos, velados, cuya responsabilidad pongo en otros pero que en realidad son autoinfligidos? Para qué sirve hacerme tanto daño pudiendo concederme la tranquilidad de ser yo, de estar conmigo, de aceptarme tal y como soy con lo que tengo, con lo que siento, con aquello de lo que dispongo, que no es poco. Por supuesto que no es poco. Abandonar la imagen idealizada de alguien que no soy y que probablemente no seré jamás para mirarme en ese espejo que hay justo delante de mí, que siempre está ahí, y descubrir quién soy ahora, ahora mismo, justo en este puto momento al que no presto atención, tan ocupado exigiéndome, reprobándome, peleándome, desacreditándome. Yo soy yo, yo soy yo y ya está bien de mirar hacia otra parte, de esconderme, de avergonzarme, de desalentarme.

Sólo quiero ser mi amigo y comprender de una vez por todas que no soy tan malo como me he hecho creer a mí mismo.

Sólo quiero ser mi amigo. Nada más.

Nada más.

Lo que fui capaz de hacer para que me quisieran

Yo sólo quería que me quisieran.

Hace muchos, muchos, años emprendí, sin saberlo una heroíca hazaña: encontrar el amor. Yo no tenía ni idea de que me había embarcado en aquella aventura, no me percaté de que la había elegido hasta mucho más tarde. No puedo calificarla de bonita, ni alentadora, por muy romántico que suene; más bien al contrario. Me encontraba triste y desolado. Estaba desesperado.

Yo sólo quería que me quisieran. Pero pensaba que era imposible que alguien me quisiera.

Y como era imposible que alguien pudiera quererme tal y como era yo, creí conveniente hacer un trabajo extra para lograr esa suerte de “trofeo” del amor que tanto ansiaba. Así, comencé por anular las partes de mí que creía que la otra persona podía rechazar. Dejé de expresar mis verdaderos sentimientos y emociones, dejé de hablar de las cosas que me gustaban y me interesaban, dejé de desear y de respetar mis necesidades: yo nunca quería ni necesitaba nada, siempre estaba bien. Me reí de las bromas, mofas y burlas que hicieron sobre mí (aunque en mi fuero interno me dolieran), permití que me invadieran, fingí una adoración insana por los otros y llevé a cabo actos en contra de mi voluntad autoconvenciéndome de que era lo mejor. Fui en contra de mí mismo e incluso me humillé. Llegué a castigarme y a exponerme al sufrimiento de una manera continua sólo por un motivo: que entre todo aquel marasmo una pequeña pizca de amor, por diminuta que fuera, atravesara el tumulto hasta acariciarme y hacerme sentir durante un instante querido, aprobado, deseado, aceptado. Amado.

Es increíble las cosas que pude llegar a hacer para que me quisieran.

Durante años me he avergonzado de mí mismo por todo lo que fui capaz de hacer y me he juzgado, castigado e insultado, una vez más, por haberme colocado en aquella posición: tan pequeño, tan frágil, tan vulnerable. Hoy vengo aquí a perdonarme, a respetar a mi yo del pasado y a aceptar públicamente lo que fui, que en suma es lo que también soy hoy. Soy pequeño, frágil y vulnerable; entre otras muchas cosas. Y un día estuve tan desesperado, tan necesitado, por conseguir que alguien me quisiera que me perdí a mí mismo y me sumergí en un inmenso dolor. Lo acepto. Lo comprendo. Me respeto y acojo con ternura aquella parte de mí en lugar de despreciarla, desdeñarla, maltratarla. No, ya no, basta ya. Hice lo que pude y lo hice lo mejor que pude. Y ya está. Sin más.

No sé si volverá a suceder en el futuro, nadie puede saberlo. Pero sí sé que no va a suceder ahora, en este momento. La razón es muy sencilla: ahora tengo algo de lo que antes carecía completamente. Ahora dispongo de todo mi amor.

No estaba fuera, sino dentro de mí, la persona que más iba a quererme de todas, de manera incondicional y tal cual soy.

 

Normal

Recientemente he descubierto que no soy ni tan bueno, ni tan simpático, ni tan comprensivo, ni tan agradable, ni tan estupendo, ni tan educado, ni tan correcto, ni tan chuli, ni tan interesante como yo creía. Esto, que a priori parece algo poco bello, es sin embargo una de las mejores cosas que me han sucedido últimamente. ¿Tú sabes lo agotador que es pasarte el día siendo bueno, simpático, comprensivo, agradable, estupendo, educado, correcto, chuli e interesante con absolutamente todo el mundo y en todas las situaciones que la vida te presenta?

Resulta que me he venido a topar con el lado oscuro, mi lado oscuro: esa parte de mí que a veces es maquiavélica y manipuladora, que piensa y dice maldades y tonterías, que es antipática, desagradable y olvidadiza, que se equivoca, que a ratos no tiene ganas de ser tan comprensiva y amable, que es perezosa, superficial, incorrecta y a veces hasta arrogante y cruel y que, en general, no es tan guay. Sé que no es algo que se deba admitir en voz alta, que la sabiduría popular nos insta a que enterremos esta zona nuestra, tan genuina como otra cualquiera, en lo más recóndito de nuestro ser y la ocultemos convenientemente bajo el barniz de lo políticamente correcto. ¡Oh, yo soy estupendo! ¡Oh, yo soy genial! ¡Qué interesante, cuéntame más! ¡Claro que sí, claro que sí! La cosa es que yo ya me he cansado de ser tan correcto y tan perfecto. 

Ahora me gusta más ser normal.

Ser normal es la capacidad de ser cualquier cosa. Quizás un día me levante simpático y de buen humor. Puede que una tarde esté enfadado con el mundo y me muestre desagradable e incluso borde. Es probable que un momento esté alegre y un poco más tarde triste. A lo mejor no te sonrío porque me caes mal. Cabe la posibilidad de que me moleste lo que dices y te lo haga saber. Puede que discuta porque no estoy de acuerdo. Puedo equivocarme. Puedo equivocarme y no pasa nada. Puedo vivir con los errores. Resulta que hasta se aprende más y se vive mejor cometiendo algún que otro error de vez en cuando. Puedo dudar. De mí, de ti, de esto, de aquello. Puedo no querer hacer lo que tú quieres que haga. Puedo sonreír, llorar, gritar, mearme de la risa porque sí. Puedo sentir lo que verdaderamente siento y no lo que me digo o me dicen que debo sentir. Puedo serlo todo. Puedo ser lo que me dé la gana, lo que me vaya saliendo del alma en cada instante. 

No está nada mal ser normal. Es más real. Es más humano. Más yo mismo que cualquier cosa que haya sido antes.

 

El jarrón

Recuerdo un jarrón.

No tenía nada de especial. Es más, era incluso feo. Era un jarrón blanco, aunque el color se hallaba profundamente desvaído y sin brillo. Poseía algunos relieves que se presentaban gastados por el paso del tiempo y por las ocasiones en las que, en medio de las peleas y las discusiones tan frecuentes en casa de mis padres, había sido zarandeado o lanzado contra la pared. Sorprendentemente, el jarrón había sobrevivido, aunque los efectos de los temporales habían causado estragos en su superficie, agrietada en zonas concretas. Algunos pedazos se habían desprendido. Así y todo, descansaba orgullosamente sobre un precioso aparador de madera bastante grande que se arrinconaba, como asustado, contra la pared del salón y bajo un enorme espejo. El jarrón simplemente reposaba allí, expuesto a lo que pudiera suceder. Y, verdaderamente, podían sucederle una enorme cantidad de cosas. Podríamos decir que estaba a la intemperie.

Recuerdo el jarrón y no otros elementos que allí había con gran claridad. Yo era un niño y miraba aquel jarrón viejo que nadie parecía querer porque para mí tenía una utilidad muy definida a la que llegué mediante mis observaciones y mis inteligentes conclusiones de superviviente. Nadie prestaba atención a aquel elemento, tan viejo, tan roto, tan desahuciado, pues todo el mundo sabía que tarde o temprano terminaría destrozado, estrellado contra algo o alguien. De modo que decidí que era el mejor escondite para mis pequeños objetos de valor, aquellos que me arrebataban mis hermanos o desaparecían misteriosamente sin dejar rastro. Durante mucho tiempo aquel jarrón, que si la memoria no me falla nunca tuvo flores, almacenó las monedas que no podía guardar en otro sitio sin que me las robaran y otros objetos que no quería que nadie encontrara. Era mi caja fuerte privada. Funcionaba: nadie miraba allí dentro. Cómo iba a contener algo valioso con lo feo, ajado y frágil que parecía. Pero lo contenía, aunque casi nadie se tomaba la molestia de asomarse a su interior.

Han pasado muchos años desde aquello. No sé qué fue finalmente del jarrón. Sospecho que las predicciones se cumplieron y que se acabó rompiendo en el transcurso de alguna batalla para terminar dando con sus añicos en el cubo de la basura. Sin embargo, me he dado cuenta de que yo he sido aquel jarrón y que durante mucho tiempo, seguramente demasiado, me he comportado como si yo no tuviera ningún valor, guardándome muy dentro de mí mi auténtico valor, las cosas formidables que soy y siento. De alguna manera, ha sido mi estrategia: fingir que era débil, frágil y poco valioso para que no me arrebataran lo mejor de mí. Hay quien desempeña el papel de fiero y saca los dientes para defenderse. Otros, sencillamente, nos adaptamos lo mejor que sabemos y tratamos de pasar desapercibidos porque destacar, de cualquier modo, puede ser nuestro fin.

Hoy siento que ya no quiero esconder lo mejor de mí, ni nada realmente. No soy tan débil, ni tan frágil, ni soy inservible, ni feo, ni estoy roto y avergonzado, ni carezco de valor. Más bien al contrario: soy fuerte, resistente, digno de admiración, soy bello, estoy entero y soy atrevido y tengo mucho, muchísimo valor.

Por eso ahora quiero romper aquel jarrón y dejar al descubierto, a la vista de todos, lo que hay dentro de mí. Ahora voy a ser esa otra persona que va a por todas, que en lugar de colocarse por debajo se coloca donde le corresponde, que en vez de despreciarse se valora, que se pone en juego con todas las consecuencias, que ya no se victimiza y que se mueve por la vida consciente de su belleza, de sus posibilidades y de quien es en realidad.

Ahora quiero brillar.

Cuidado, que deslumbro.