#08-2017

Desde hace pocos días se encuentra disponible en cualquier librería La huella de la violencia en parejas del mismo sexo, una investigación que realicé dentro del Máster en Malos Tratos y Violencia de Género de la UNED. Para mí es muy importante que el fruto de tanto esfuerzo haya sido publicado gracias a la editorial Gomylex.

La huella de la violencia en parejas del mismo sexo analiza la violencia en parejas formadas por dos hombres o por dos mujeres desde una perspectiva feminista y de género. En ningún momento he querido restar importancia a la violencia de género, la violencia que sufren las mujeres en todo el mundo por el mero hecho de ser mujeres, algo impensable desde mi trayectoria personal y profesional como trabajador social experto en violencia de género y que, es más, forma parte de la base teórica de este trabajo. Lo que he pretendido ha sido integrar, ampliar miras, ir más allá, examinar las implicaciones que el machismo, la lgtbifobia y el heteropatriarcado tienen en común y cómo se conforman los mecanismos de la violencia, que no sólo tienen lugar contra la mujer sino, en general, contra todo lo considerado femenino. En definitiva, lo que intento es diseccionar un poco mejor la realidad social para, en última instancia, tener alguna oportunidad de comprenderla y transformarla.

Con el fin de analizar la violencia que se produce en las parejas formadas por dos hombres o dos mujeres, la investigación recoge más de 25 testimonios anónimos de víctimas de violencia intragénero que ayudan a conformar un mapa que todavía está por completar en nuestro país.

Espero que suscite el interés de las/os profesionales de lo social y que pueda ayudar en algo a entender las diferentes violencias que tienen lugar en nuestra sociedad amparadas en la homofobia, la lesbofobia, labifobia y por supuesto la violencia de género e intragénero, así como a intervenir y amparar a las víctimas de una forma más completa y adecuada.

Podéis haceros con un ejemplar también mediante venta online.

Éste es el índice de la publicación

AGRADECIMIENTOS

PREÁMBULO

CAPÍTULO 1. INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 2. LA IDENTIDAD: CONCEPTOS
2.1. Sexo y género
2.2. Intersexualidad
2.3. Identidad de género
2.4. Transgenerismo
2.5. Orientación sexual
2.6. La violencia
2.7. Homofobia, lesbofobia y bifobia
2.8. Violencia de género
2.9. Violencia intragénero

CAPÍTULO 3. LGTBIFOBIA Y HETEROPATRIARCADO
3.1. Homosexualidad: el amor que no se nombra
3.2. La lgtbifobia: base de la sociedad patriarcal
3.3. La respuesta está en el género
3.4. La construcción de la masculinidad: no se nace varón
3.5. La pluma: causa de conflictos
3.6. Activos y pasivos
3.7. ¿Y las lesbianas qué?
3.8. La homofobia internalizada

CAPÍTULO 4. VIOLENCIA EN PAREJAS DEL MISMO SEXO
4.1. Entonces, ¿tiene algo que ver el patriarcado?
4.2. Más allá del sexismo: otras teorías para explicar la violencia en parejas del mimo sexo
4.3. Datos sobre la violencia en parejas del mismo sexo
4.4. Mitos sobre la violencia en parejas del mismo sexo (que contribuyen al silencio)
4.5. Características de la violencia en parejas del mismo sexo
4.6. La violencia psicológica
4.6.1. El control
4.6.2. El aislamiento
4.6.3. Los celos patológicos
4.6.4. El acoso
4.6.5. La denigración
4.6.6. La humillación
4.6.7. Los actos de intimidación
4.6.8. La indiferencia ante las demandas afectivas
4.6.9. Las amenazas
4.6.10. Abuso económico
4.6.11. Otros ítems de violencia psicológica
4.7. Violencia física
4.8. Violencia sexual
4.9. Las víctimas
4.10. Las/os agresoras/es
4.11. Denunciar la violencia y pedir ayuda

EPÍLOGO

FUENTES CONSULTADAS

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Orgullo

Cuando era pequeño me llamaban “maricón”.

Nadie parecía darle importancia. Incluso cuando lo cuento ahora la gente suele quitarle hierro al asunto. Qué más da. Los niños son crueles. Los niños siempre buscan la forma de meterse unos con los otros. Eso fue hace mucho tiempo. No te lo tomes tan mal. Era otra época. Es sólo un insulto. Hay canciones, anuncios, series, películas, libros y chistes que dicen esa palabra continuamente. No es tan grave. No es para tanto.

Quiero decir una par de cositas.

Cuando era pequeño me llamaban “maricón” y eso me convirtió en un niño triste, inseguro e infeliz. Cuando era pequeño me llamaban “maricón” y me pegaban, y eso me llevó a ser un adolescente temeroso, con baja autoestima y desconfiado. Cuando era pequeño me llamaban “maricón”, me pegaban y se reían de mí y eso me ha transformado en un adulto que lleva toda la vida sintiendo vergüenza de sí mismo, vergüenza por ser cómo es.

Basta ya.

No tenéis derecho, ninguno de vosotros, a etiquetarme, a juzgarme, a bromear sobre mí, a insultarme, a pegarme, a menospreciarme. No tenéis ningún derecho a marcar mi vida ni la de nadie con vuestra idea sobre lo que está bien o lo que está mal. No tenéis ningún derecho a creer que estáis por encima de mí porque me atraigan los hombres. No tenéis ningún derecho a influir sobre mí, a desestabilizarme, a amargarme, a despreciarme, a ahogarme, a atosigarme, a ningunearme, a diseccionarme, a criticar mi pluma y mi feminidad, a mirarme por encima del hombro. Me da igual cómo lo hagáis. Me da lo mismo que no peguéis a los “maricones” y a las “bolleras” por la calle, que sólo hagáis bromas y comentarios jocosos para sentiros mejor, que únicamente opinéis que no podemos adoptar, que sólo digáis que es mejor que no nos demos afecto en público o que en vuestro fuero interno penséis que estamos locos o que tenemos una enfermedad pero que de cara a la galería sonriáis. No tenéis ningún derecho a lanzarme vuestra mierda y quedaros tan tranquilos después, como si no pasara nada. Sí que pasa. Sí es grave. Sí es para tanto. No sois nadie para decidir sobre mi vida ni sobre lo que hago. No soy vuestro puto chiste ni vuestra puta marioneta.

No tenéis ningún derecho a hacerme sentir vergüenza de mí mismo, de la imagen que veo en el espejo, de mi voz, de mis gestos, de mis deseos, del amor que siento por mi novio, del amor que siento por mí mismo. Ningún derecho. Ninguno.

Cuando era pequeño me llamaban “maricón”, me pegaban y se reían de mí. Entonces lloraba, me escondía, me castigaba y sólo pensaba en ser alguien distinto y en morirme. Me quería morir. No tenéis ningún derecho a hacer que nadie quiera morirse.

Afortunadamente, estoy aquí. Vivo. Y, ahora, a mis 34 años estoy orgulloso de mí. No voy a avergonzarme nunca más de ser quien soy. Le pese a quien le pese, no pienso renunciar ni a un ápice de mí. Soy lo que soy. Porque lo importante no es que vosotros creáis que yo soy un “maricón”. Lo importante es que yo soy feliz y mi felicidad no depende de lo que seáis o dejéis de ser vosotros ni de lo que creáis que debo ser yo.

Mi felicidad depende única y exclusivamente de mí. Y no vais a quitarme eso.

Feliz Orgullo.

El plumómetro

El utensilio ideal para responder a preguntas existenciales que a veces te formula gente que no te conoce del tipo: ¿Tienes mucha pluma? ¿Cuánto aceite pierdes? ¿Quién es más maricón, Paco Clavel o tú? Ya en tu pantalla, mari.

Tener pluma: un drama cotidiano.

Si tienes pluma eres un marica. Si te comes las pollas a manojos no.

Mariconas, maricones y otros seres derivados de la esfera homochachi: esta semana vengo a hablaros de un tema sumamente escabroso. Yo me he dado cuenta (porque soy taco de observadora) que hay mucha gente que repudia con un énfasis inaudito lo de la pluma. A algunos se les va la vida en recalcar que no la tienen y se obsesionan como si lo de tener pluma fuera equiparable a tener una enfermedad contagiosa muy mala o a ser Mariah Carey o algo. De hecho, una vez yo estaba ligand… conversando animadamente con un tío a través de aquel instrumento del Pleistoceno que era el Messenger y me preguntó (antes siquiera de preguntarme cómo me llamaba):

—¿Tienes mucha pluma?

La verdad es que ante tamaña cuestión de la Humanidad, digna de ser equiparada al quiénes somos, al de dónde venimos, al a dónde vamos y al qué pasa al final de Perdidos, me quedé ojiplático y patidifuso. Porque, me lo expliquen, ¿qué se entiende por mucha pluma? ¿Qué es mucho? ¿Qué es poco? La verdad es que nunca me la he medido (la pluma), ni siquiera he encontrado un test en la Nueva Vale que te lo averigüe tras unas exhaustivas preguntas llenas de sexualidad implícita. Y yo me pongo en plan filósofa y me digo: ¿a dónde estamos llegando, nenas, qué nos pasa, qué clase de problema mental estamos desarrollando? Y lo peor de todo, ¿cuándo alguien va a inventar el plumómetro, un artefacto que nos podamos enchufar directamente al ojete y con una rayita morada tipo predictor nos diga el nivel de mariconismo que poseemos? ¡Es que no podemos con este sinvivir! ¡Que alguien nos diga la cantidad de aceite que perdemos, por favor!

Como la ciencia está tan preocupada por cosas tan tontas como encontrar vacunas a enfermedades mortales (ya ves, hijo, se entretienen con cualquier minucia) y dado que observo una preocupación infinita en la comunidad mariconense por averiguar el grado de pluma de cada uno, he venido a salvar al mundo con un bañador rosa chicle y unos slips celestes por encima (inspirándome en Madonna en el Hung Up. Estoy igualito, me falta abrirme de patas en una pista de baile) y os he fabricado un escalímetro, con el fin de que cuándo os pregunten si tenéis mucha pluma esos desconocidos con los que chatéais a diario podáis responder basándoos en estudios de rigor científico irrefutable como los que se publican periódicamente en este blog.

El plumómetro (ay, mari, y yo con estos pelos):

Nivel 1: Que te gusten los tíos. Esto está claro, ¿no? ¿O queréis que os haga un croquis? Y vosotros os preguntaréis… ¿sólo porque me gusten los hombres ya se puede considerar que tengo pluma nivel 1? Pues claro, porque mira, cari, a los machotes auténticos, los masculinos, los tíos tíos (si lo dices dos veces es como más verdad, más macho) no les gustan los hombres. Qué va. Ellos estaban paseando un día por la playa y de repente tropezaron y se cayeron al suelo, y accidentalmente se comieron una polla. ¿Me entiendes? A ellos no les van los rabos, sólo que a veces buscan experiencias de ese tipo, pero sin perder de vista su heterosexualidad. Esto es como lo que dicen muchas “lesbianas de una noche”… Sí, mujer, aquello de “a mí no me gustan las tías, sólo tú”. ¡Ja! Total, que si admites que te gustan los tíos abiertamente y sin tapujos, ya se puede considerar que tienes un nivel 1 de pluma.

Nivel 2: salir por el ambiente. Por alguna extraña conjunción del ojete de mi vecina con el cometa Halley, resulta que el mero hecho de salir por el ambiente ya hace que se te pueda considerar un plumífero de nivel 2. No lo digo yo, lo dicen los miles de perfiles que afirman buscar “a alguien que no se mueva por el ambiente”, como si eso fuera cosa mala. Es que, tía, todo lo malo se pega. Que yo no sé qué se piensan estos maricones que es el ambiente, pero que al final no es más que un garito lleno de gente borracha y/o drograda. Vamos, como todos los garitos del mundo.

Nivel 3: tener muchas amigas. Todos sabemos que lo de ir por ahí con mujeres nunca trae nada bueno. Las maneras femeninas se pegan. Si tú fuiste uno de esos niños marginados en el patio de colegio que preferías pirarte con las niñas a jugar al elástico en lugar de irte con esa panda de niños embrutecidos y cazurros que hablaban a voces mientras le pegaban patadas a un balón, cariño, ya tienes un nivel 3 de mariconismo. Y no es por nada, es porque seguramente el pasado se habrá extendido a tu presente en forma de un montón de amigas mariliendres con las que habitualmente te vas de compras y que te acompañan a los bares de ambiente solícitas y dispuestas a cotillear todo el rato sobre si el camarero es gay o si por el contrario es más hetero que Bertín Osborne y solo le gusta calentar para subirse la autoestima.

Nivel 4: Escuchar música divas gays. Pierdes aceite hasta estos niveles si en tus listas musicales se encuentran Kylie Minogue, Katy Perry, Beyoncé, Britney, Rihanna, esa muñeca gritona que a veces aparece de la nada que es Christina Aguilera u otras menos conocidas en cuyas portadas de álbumes y singles y en cuyos videoclips utilicen mucha purpurina, maquillajes exagerados y hombres musculosos (maricones) como bailarines. Yo creo que si entre la gente normal se suele decir eso de “yo tengo muchos amigos gays”, las divas, cuando se encuentran en una entrega de premios, se dicen entre ellas “yo tengo muchos bailarines gays”, sólo para reafirmar lo friendlys que son. Aunque vayas de culta musical y digas que te decantas por el moderneo, el jazz, el flamenco o las techno rancheras, si cuando suena algunas de las divas gayers te vuelves literalmente loca y te lías a bailar y a tararear como si fueras uno de las concursantes de Operación Truño, ya te digo yo que tienes una pluma de nivel 4 como poco.

Nivel 5: la ropa ceñida y de colores alegres, especialmente el rosa. Los machos usan colores sobrios y siempre parece que van vestidos igual (tú los miras un lunes, un martes, un miércoles, un jueves, un viernes y un sábado —el domingo no, que es el día del Señor— y no notas diferencia alguna). ¿Qué es eso de tener distintos tipos de camisetas según el cuello y utilizar colores cálidos y fluorescentes? ¿Qué es eso de llevar chalecos, camisas sin mangas o camisetas de rejilla? ¿Qué pasa, que le quitas la ropa a tu hermana o qué? ¿Qué te crees, Lady Gaga?

Nivel 6: Pero la ropa no es nada sin todos esos complementos con los que la acompañamos y que alguno que otro manga del H&M (os he pillado). Sin lugar a dudas, llevar complementos es un indicativo muy exacto de lo maricón que eres. Si usas bolsos de bandolera, si llevas unas gafas de sol como las de Jennifer López, si entre tus enseres hay pulseras, pines, chapas, colgantes, collares, anillos, cinturones de colores, pendientes, pañuelos, fulares, velos o pamelas pierdes aceite nivel 6. Los hombres viriles sólo se permiten llevar reloj, y Varon Dandy como mucho.

Nivel 7: hablar en femenino, tía. Tienes este nivel si dices cosas como “estoy hasta el coño”, “me estoy poniendo mala, mari”, “soy una mujer caliente”, “hoy tengo la regla” y otras similares en las que hablas de ti misma en femenino; y de tus amigas también. Quién no le ha dicho alguna vez a su amigo mariquita de la noche frases como: “Eres muy chica para ser tan puta, tía”.

Nivel 8: Hacer gestos con la mano. La gestualidad, el amaneramiento, es una de las cosas que más molestan a muchos. Y yo no lo entiendo, con lo divertido que puede llegar a ser hacer gestos de negra chunga a esa perra loba que intenta quitarte a tu ligue, ponerte la mano en la frente a lo Escarlata O’Hara cuando estás dramática perdida o coger del brazo en plan abuela a la persona con la que estés cotilleando. Lo más sano del mundo.

Nivel 9: Bailar. Si bailas tienes pluma. Esto es una creencia popular muy extendida y que además tiene su parte de razón, sobre todo cuando hablamos de bailar en el sentido exclusivo de discoteca. Yo he visto a heteros bailando que perdían aceite como para montar una refinería (oye, que por mí estupendo, ¿eh?, mejor eso que parecer un gato de escayola toda la noche a excepción del movimiento del pie al ritmo de la música). Indudablemente, bailar canciones de divas gays como si estuvieras en un casting de fama y bailar siguiendo la coreografía del célebre Saturday Nite de Whigfield (tema también conocido como el Saririnait), imitar a Madonna en el Vogue, el paso de las pistolas o el paso de la seño hacen de ti un maricón con nivel 9 de pluma. Una pasada.

Nivel 10: ser pasivo. Fundamentalmente, poner el culo es con diferencia lo que peor se ve por mucha gente. Si dejas que te den en tu flor, estás actuando como un supermaricón. Porque cometer las pollas de tres en tres no te resta virilidad en absoluto, pero ser pasivo sí.

Una vez dicho todo esto, os voy a contar un supersecreto: tener pluma no es nada malo. Al contrario de lo que muchos piensan: el maricón con pluma no es un ser inferior. Que no pasa nada, que uno no se muere por perder aceite ni tiene por qué sentirse menos hombre. Que ya está bien de ponernos topes y barreras y de prejuzgar. Somos como somos. Hablando en plata: haced lo que os salga del papo, expandiros, dejaros llevar. Y si los demás quieren pensar que tenéis mucha o poca pluma es su puto problema. Así que cuando el ligue de turno por Internet os pregunte cuánta pluma tenéis, responded:

—No seas gilipollas y conóceme, COÑO.

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Nocturnabilia

Nocturnabilia

Nocturnabilia es un libro de relatos de la editorial Stonewall que ya está a la venta. Se trata de nueve historias en torno al mismo tema: la noche. Estas nueve miradas vienen de la mano de Mónica Martín, Didí Escobart, Eduardo García, Juan Flahn, Sofía Olguín, César Augusto Cair, Galileo Campanella y Diego Manuel Béjar. Servidor participa con un relato titulado “Sonicia, yo no he venido a esto”.

Además, los beneficios irán destinados a proyectos educativos en contra de la homofobia, la bifobia y la transfobia que hoy en día siguen sufriendo los adolescentes en las aulas.

Puedes pedirlo en tu librería habitual o comprarlo aquí.

Espero todo tipo de referencias hacia el libro: halagos, alabanzas, elogios, críticas destructivas, amenazas de muerte, declaraciones de amor, ensayos reflexivos, etc.

Seguimos siendo mariquitas y bolleras

La homobia no sólo es un asunto de leyes, es un problema de mentalidad. Aunque las formas son más sutiles y la sociedad más políticamente correcta, continuamos encontrándonos en la tesitura de sentirnos bichos raros, algo que ocurre con relativa frecuencia en nuestro día a día. Aunque nos pese, seguimos siendo motivo de burla, asombro y escándalo.

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Muchos colores, pero al final blanco y negro y encima ni rechistes.

Hoy, 17 de mayo, es el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. A mí no me gusta ponerme pesado, pero de vez en cuando me siento en la obligación de tocarle un poco las pelotas a la sociedad políticamente correcta en la que nos ha tocado vivir. Y lo cierto es que los Días Internacionales están mu’requetebien, por mucho que haya un sector de la población que se empeñe en recalcar que los gays, las mujeres, los negros, los moros, los periodistas, los pelirrojos, los vegetarianos, Lady Gaga y en general todos los discriminados por algún motivo (me niego a llamarnos minorías. Visto lo visto, minoría son aquellos que no son discriminados por nada en absoluto) nos quejamos de vicio y vamos llorando por las esquinas sin razón.

Por si alguien no lo sabe, el 17 de mayo coincide con el día en que la Organización Mundial de la Salud decidió quitar la homosexualidad de la lista de enfermedades. Esto, no me lo negarán, es una cosa estupenda y ocurrió en 1990. Fíjense ustedes en que de algo tan sumamente trascendente y tan básico para nuestra convivencia social han transcurrido sólo 21 años. Podemos decir que hace poco más de dos décadas la OMS continuaba considerando que los homosexuales estábamos fatal de la chota y que lo que nos pasaba era que, amén de ser unos degenerados y unos desviados, teníamos como poco un cacao maravillao en la sesera, un desorden mental. De esto saben mucho los homosexuales que vivieron durante los años del franquismo y que fueron perseguidos como seres peligrosos que presumiblemente podían contagiar su enfermedad haciendo ostentación de su moñez, algo que ocurrió hasta entrada la transición.

Nadie niega que esto de la OMS es un gran paso, como lo es el reconocimiento de las uniones homosexuales en España. Que te puedas casar con tu noviete es chachi piruli. Que ya no se te pueda acusar legalmente de enfermo mental o que no se te persiga de forma normativa por ser sarasa es genial. Por supuesto. Todo son avances. Y por eso mucha gente cree que a los maricones nos va de fábula ya, que no deberíamos quejarnos y que lo de manifestarnos y eso, bueno, que ya podríamos dejarlo ya; tanto Orgullo, tanta carroza y tanto mariquituso invadiendo las calles, si ya no hay derechos que reivindicar… Incluso muchos gays y lesbianas lo piensan también.

Sin embargo, servidor es inconformista por naturaleza, qué le vamos a hacer. Como firme seguidor del “si no lo veo no lo creo” y “hechos son amores, las palabras se las lleva el viento”, tengo que decir que eso de que estamos de lo más normalizados me lo creo sólo un poco. A ratos más bien. Es difícil creérselo, por ejemplo, cuando uno va caminando por la calle y un tipo se asoma por la ventanilla de un coche y le grita maricón poniéndole el corazón en la boca. Es complicado creérselo cuando uno besa a su pareja en un autobús y automáticamente un corrillo de personas se disponen a comentar la jugada sin el menor atisbo de discreción. Es imposible creérselo cuando viene el típico graciosete y te pregunta si haces de hombre o de mujer cuando te acuestas con un tío. No me digan que no les suenan todas estas situaciones, porque ocurren continuamente a nuestro alrededor, en contra de la moto que nos intentan vender de que los maricones y las bolleras estamos integradísimos en la sociedad porque, mire usté, hemos metido a un gay en una serie de televisión y ahora todas las adolescentes de entre 15 y 45 años (cada vez la etapa de la pubertad es más larga) piensan que tener un amigo de la acera de enfrente con el que ir de tiendas y que las peine los sábados por la noche antes de ir a la disco de ambiente es supermoda.

Es posible que haya habido avances en el terreno legal e incluso a nivel internacional, pero eso no quiere decir que no existan parámetros de discriminación,represión y agresión que se aplican cotidianamente a homosexuales, incluso en una sociedad tan pretendidamente avanzada como la nuestra. Hoy no es frecuente (aunque ocurre) que alguien te dé una paliza cuando besas a una persona de tu mismo sexo en un lugar público. Las personas no se sienten con la misma libertad a la hora de expresar su rechazo o su indignación ni de llamarnos desviados o enfermos a la cara. Pero esto no quiere decir que no lo piensen, pongan ojo. Algunos, más de lo que creemos, lo piensan, aunque no se atrevan a decirlo. Esto está ahí, por mucho que nos duela, por mucho que nos guste mirar hacia otro lado y fingir que somos superguays porque podemos casarnos y todo eso. Se nos sigue mirando mal y acusando de cierta anormalidad amable, aceptada, pero anormalidad al fin y al cabo. En definitiva, los parámetros de discriminación, represión y agresión que tenían vigencia antes (las leyes, la persecución, la ideología, la religión, la educación…) no han desaparecido; sencillamente se han hecho más sutiles. Siguen estando ahí, pero de una forma ambigua y ambivalente, difícilmente identificable, y cumpliendo la misma función de hacernos sentir extraña y vagamente repudiados.

Hay homofobia, aunque esté encubierta. Y la seguirá habiendo durante mucho tiempo. Por mucho que nos pese. Sobre todo porque la homofobia no es un problema de leyes, ni de organismos internacionales, ni es un asunto político, ni sociológico, ni biológico, ni antropológico. Es más que eso. La homofobia es un asunto que atañe al común de los mortales todos los días a todas horas: es una realidad mundada, de a pie, y, como tal, sólo puede ser cambiada por los principales artífices de la cotidianeidad. Me encanta que la Organización Mundial de la Salud haya dejado de incluirme en su lista de enfermos mentales, pero lo que de verdad me importa es que la gente que tengo a mi alrededor deje de mirarme como si tuviera que comedirme y ser discreto para no molestar y no violar normas sociales forjadas a base de costumbres, que deje de tratarme como a un elemento circense sobre el que hay que comentar en reunión, que deje de pensar en su fuero interno que soy el rarito del patio del colegio.

En resumen, nos queda la tarea más ardua de todas: conseguir que la gente con la que nos vemos en la obligación de relacionarnos directa e indirectamente a diario nos deje en paz de una puñetera vez. No es un problema de organizaciones internacionales ni de legislación: es cosa nuestra; es un asunto de convivencia social. Porque aunque podamos casarnos y ya no seamos técnicamente enfermos, para la gente seguimos siendo mariquitas y bolleras.

 

¿Quién hace de hombre y quién de mujer?

Es la eterna pregunta que muchos heterosexuales y algunos homosexuales plantean ante una pareja de dos hombres o de dos mujeres: uno de ellos, a la fuerza, tiene que ejercer un papel masculino y el otro uno femenino. Pero, ¿por qué esta necesidad de establecer roles diferenciados y aparentemente complementarios?

El novia y la novio.

El novia y la novio.

El otro día, conversando con unos amigos heterochachis, surgió un debate en torno a la gran pregunta, ésa que te hacen cuando logras lo imposible, cuando consigues eso tan increíblemente difícil que trae por el camino de la amargura a la Humanidad desde el principio de los tiempos, cuando corríamos encorvados y llenos de pelo y huíamos de los depredadores y cuando las técnicas de cortejo se limitaban a pegarle al ser amado con la porra y arrastrarlo del pelo a una cueva: encontrar pareja.

Cuando por obra y gracia de San Palomo Cojo los mariquitusos y las bolliguays conseguimos algo parecido a un noviete/novieta, a los especímenes heterosexuales se les plantea una duda impepinable. Ellos te miran atentamente, con la interrogación de los grandes enigmas dibujada en sus ojos, se acercan a ti muy serios y entonces te plantean una cuestión vital para el ser humano y la Historia: en tu relación de pareja, ¿quién de los dos hace de mujer y quién hace de hombre?

Ojo, que la pregunta tiene miga y hay que decir que yo conozco a más de uno y de dos que aunque no la hayan formulado en pos de perpetuar lo políticamente correcto (y no quedar como un gilipollas con la misma capacidad de razonamiento de un mosquito), se la han callado, pero aun así la han pensado. Y digo que tiene miga porque, de algún modo, lleva implícita una segunda cuestión, mucho más grave (si cabe) que la principal: entre tu novio y tú ¿quién es más maricón? / entre tu novia y tú, ¿quién es más machorra? Tope chuli. ¡Vivan las rebajas neuronales!

Tengo que decir a favor de los individuos heteroguays que este pensamiento no sólo es propio de los de su orientación sexual; los mismos homosexuales interiorizamos esta idea e incluso la reproducimos en determinados casos. Sin ir más lejos, hay un estereotipo bastante común entre mariquitusos: el gay machorro, el cual no es más que un varón heterosexual machista adaptado al uso que busca en sus parejas a gays afeminados (en el peor sentido de la palabra, estableciendo equivalencias entre feminidad y debilidad de carácter y de autoestima) con el fin de establecer una relación de poder que lo sitúe en una posición de superioridad basada en su cualidad masculina (en lo machote que es). Algo que también es equiparable a ciertas relaciones lésbicas, en las que se sigue, exactamente, el mismo patrón descrito.

Por descontado, esta suposición acerca de los roles entre maricones y bolleras en las relaciones de pareja no es fortuita. Parte, sobre todo, de una premisa fundamental: la necesaria complementariedad entre hombre y mujer; o sea, que es un asunto de género y en nuestro caso recae sobre la pluma (ergo el aceite vertido) y los roles (si haces cosas de tío o de tía, tía).

En cuanto a la pluma, el pensamiento popular cree que cuanta más pluma tenga un hombre, más tendente será a convertirse en la mujer de la pareja. En el caso de nuestras amigas las lesbianas es igual: cuánto más pluma, más hombretona será. Esta apreciación, que algunos consideran inofensiva (porque dicen que los gays nos quejamos de cuarto oscur… de puro vicio) va seguida de una idea fundamental: los gays machotes se casan con los gays nenazas y forman un perfecto matrimonio de maricones complementarios. Mire usted qué bien. Dos gays machotes son incompatibles, vamos, es que ni siquiera pueden sentirse atraídos. Y dos gays con pluma jamás harán nada juntos salvo ir de compras y ponerse las mechas los lunes por la mañana mientras despellejan el último maxi single de Chistina Aguileña. O sea, que tanto maricones como lesbianas debemos reproducir los patrones masculino-femenino de las relaciones heterosexuales; otra cosa no vale.

En cuanto a los roles, parece claro que el gay machote es el que sale de casa a ganarse el pan en un trabajo de verdad en el que cobra un pastizal (abogado, contable, empresario…); mientras que el gay nenaza tiene un trabajo menos importante y peor remunerado (dependiente, camarero…), razón por la cual tiene más tiempo para ocuparse de las tareas domésticas. Pero lo más revelador es lo que piensan nuestros amigos los heterochachis: al parecer está clarísimo que el gay que hace de activo sexualmente hablando es el macho y por tanto hace de hombre en la relación, mientras el que hace de pasivo y pone el culete es el más femenino y asume el rol de mujer. La palabra versátil no existe demasiado en este pensamiento, dado que los roles deben estar perfectamente marcados y delimitados: ¿un gay pasivo machote? ¡Qué disparate!

Ironías aparte, esto pasa por muchos motivos, pero el principal es que tanto muchos heterosexuales como una cantidad considerable de homosexuales, tienen la firme creencia de que las relaciones de pareja entre dos personas del mismo sexo deben basarse en los tradicionales preceptos que han seguido las relaciones heterosexuales. Y esto no lo digo como defensor de las relaciones gays, que también, porque yo, qué quieren que les diga, cuando me eche un novio no pienso ser el hombre ni la mujer de la relación; y si alguien me pregunta quién es la mujer de la relación le contestaré, sin más, que no sé, que no veo ninguna mujer, que a lo mejor la mujer de mi noviazgo no es otra que su santa y puñetera madre. Lo digo porque mientras no se superen estas ideas antiguas asociadas a los supuestos roles que las mujeres y los hombres deben mantener, las relaciones de pareja en general estarán abocadas al fracaso y serán susceptibles de convertirse en relaciones de poder, en las que un miembro (el que hace de hombre, claro) tiene muchos más privilegios que el otro. Por mucho que hagamos campañas de igualdad de oportunidades, contra la violencia de género, para compartir las tareas del hogar, de maternidad y paternidad igualitaria… las cosas no van a evolucionar hacia donde supuestamente deseamos, porque ni siquiera estamos mirando hacia ese lugar. Seguimos pensando que el mundo se divide en hombres y en mujeres y que entre ellos, al margen de las características físicas evidentes, hay diferencias innatas que los sitúan en un plano superior o inferior.

Mientras no superemos esto, mientras no dejemos de pensar que en las relaciones debe haber a la fuerza, un lado masculino y otro femenino que se complementan, no habrá igualdad. En ningún sentido. Y es que las únicas alianzas buenas son las que hacen los hombres y las mujeres que actúan y se ven a sí mismos y a los demás simplemente como personas. Ni más ni menos.